Hablaba Jorge Luis Borges de los laberintos de la memoria, que es donde probablemente habría que descender para encontrar el origen de este misterioso símbolo, que para innumerables culturas pretéritas fue tan significativo e importante, como la cruz para los cristianos y la media luna para los musulmanes.
Los textos clásicos, y sobre todo Plinio, citaban hasta cinco monumentales laberintos, que el Tiempo, la Historia y sobre todo la barbarie humana destruyó: el del lago Moeris, en Egipto; Cnossos y Gortyna, en Creta; otro griego, en la isla de Lemnos y el laberinto etrusco de Clusium.
Fue también un símbolo que heredaron los canteros medievales y figura, de diversas maneras y en diferentes lugares, en iglesias y catedrales de toda Europa, siendo, quizás, el más relevante, el que se encuentra en la nave de la mítica catedral francesa de Chartres.
Para estudiosos como Waldemar Fenn, los petroglifos gallegos de Mogor, en Pontevedra, serían una representación del movimiento aparente de los astros.
Lo que viene a confirmar, al menos, en parte, la antigua sentencia del mítico Hermes Trismegisto, de que lo que está arriba, es igual a lo que está abajo.
Y en su laberíntico recorrido, no es menos cierto, que el peregrino que se dirige hace Compostela, lo hace siguiendo el Camino de la Vía Láctea o Camino de las Estrellas.
Vuelvo a citar a Borges y su recomendación de buscar los laberintos de la memoria.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.