Permanece inmutable, anclada sin remisión en esos astilleros del tiempo a donde van siempre a parar aquéllas metafóricas nieves de antaño por las que suspiraba el poeta francés François Villon, cuando el áspero vino de las tabernas de los caminos le hacían suspirar por cualquier tiempo pasado, que en sus versos dodecasílabos, sin duda siempre fue mejor.
De ella y de su elegante planta decía Miguel de Unamuno –aquél otro trueno del pensamiento disfrazado de Nazareno, como el don Guido de Machado- que es un libro abierto, fácil de leer, incluso para un mundo de ciegos que pasa habitualmente por su lado sin prestarla más atención que al orujo de unas tabernas vecinas, que exorciza al frío pero deja aletargado al espíritu.
Nació, como afirmaba el incombustible padre del Romanticismo alemán, su compleja majestad Wolfgang Goethe, en un tiempo sin duda prodigioso, cuando el hombre que estaba a punto de abrir, como Jano, las puertas del solsticio del Renacimiento, comenzó a buscar a Dios en las alturas.
Quizás por ello, sus torres y sus emperifollados pináculos, henchidos de ese idioma de los pájaros, que es la sofisticada escultura gótica, se elevan suplicantes hacia los cielos, esperando el milagro de poder estrechar la mano de Dios, como más o menos imaginó siglos después el prolífico Miguel Ángel Buonarroti.
Sus padrinos, sin duda tan esenciales para ese camaleón de dimes y diretes que en el fondo es la Historia, fueron la Reconquista de España y el establecimiento de un Reino cristiano de Jerusalén, que un soberbio caudillo musulmán, de nombre Saladino, enterró definitivamente en ese mismo mar de ardiente arena que también se llevó los sueños de aquéllos primeros anacoretas, que fueron los primeros Padres de la Iglesia.
Inmutable, asiste hoy, no al paso honroso que guardaba aquél otro caballero de la triste figura, que fue don Suero de Quiñones, sino al de unas generaciones que ha visto convertirse, apesadumbrada, en esas quintas del botellón que se refugian a la vera de sus inmemoriales sillares, piel de cantera que muta de color todas las tardes cuando el sol desciende camino del ocaso para encontrarse con su reina, en aquél metafórico lecho nupcial, que son las aguas del Finisterre.
Sólo el peregrino, que deja atrás el antiguo hospital de San Marcos para regalar una plegaria a la Virgen del Dado, la mira con ojos de enamorado y aun sabiendo que es una Dama imposible de seducir, continúa feliz su camino, sin olvidar pronunciar ese mágico abracadabra de los caminos: ‘¡Ultreia!’.
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