Todavía, al cabo de los siglos de su fallecimiento, la figura del genial creador de Don Quijote de la Mancha, posiblemente el más universal de los caballeros, continúa siendo uno de los grandes enigmas de esa madrastra, avara y no siempre sincera, que es la Historia.
Ubicada en la madrileña Plaza de las Cortes, la magnífica estatua de Miguel de Cervantes, realizada en bronce por el escultor Antonio Solá, siempre con un puñado de folios en la mano, nos recuerda, desde su colocación en el año 1835, que la imaginación es más poderosa incluso que el poder temporal.
Quizás por ello, da la espalda a esa mediocre corrala de crápulas expertas en medrar a costa del sufrimiento del pueblo, que es el Congreso de los Diputados.
Más acorde con esa visión poética de un mundo que después de todo puede llegar a ser tan hermoso como cada uno lo queramos imaginar, la inmortal recreación cervantina mira hacia la inconmensurable planta de esos antiguos palacetes, incluido el famoso Hotel Palace, que bien pudieran ser perfectamente reconvertidos en gigantes, sin despegar su mirada, además, de la melancólica soledad de Neptuno, un rey de los mares, de cuyo tridente posiblemente Don Quijote viera a uno de esos caballeros encantados a los que hacer frente desde su humilde posición a lomos de su renqueante rocín, Rocinante.
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