Hoy en día apenas le damos importancia, salvo que nos dejemos voluntariamente seducir por la sublime poesía japonesa, tipo haiku o decidamos sumergirnos en la maestría y sensibilidad de poetas occidentales, como Whitman.
Pero antiguamente, ya sea porque las culturas que nos precedieron estaban más estrechamente ligadas con el entorno y más acostumbradas a su sentido poético, la hoja, por simple e increíble que parezca, no carecía, en absoluto, de simbolismo.
Dado que el árbol perdía sus hojas, para posteriormente volver a florecer y recuperarlas en primavera, se la consideraba, por defecto o extensión, un símbolo de renacimiento.
Detalle, entre algunas otras razones, por la que aparecía en numerosas sepulturas romanas y celtas, como símbolo, en el caso de los últimos, de la metempsícosis o reencarnación.
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