Salvo el Maestro Mateo, que representó al profeta Daniel,en el Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago de Compostela, con una sonrisa tan misteriosa como la que Leonardo Da Vinci -para frustración de Freud, entre otros- puso en el rostro de Mosa Lisa, el arte románico impuso la severidad y el hieratismo en sus personajes bíblicos y neotestamentarios, podría decirse que como norma.
Algunos aprecian, en la severidad de los rostros de los profetas, de los apóstoles o de reyes bíblicos, como David y Salomón, la intencionalidad de los autores de acercarlos a ese espacio interdimensional, que como una tierra de nadie separa la trascendencia sobrenatural de lo intrínsecamente mortal y cotidiano.
Imponentes en su titánica labor de estatuas-atlantes, que soportan sobre sus espaldas las enormes portaladas de los templos románicos e incluso góticos, puede resultar estremecedor pasar a su lado y no sentir hacia ellos una indefinada sensación de inminente respeto.
Nada queda, no obstante en la mayoría de ellos, de aquélla espléndida policromía original, que les confería, siquiera por la belleza de su colorido, un lustre quizás más humano.
Y sin embargo, aún desprovistos de él y por muy lineales que parezcan, en opinión de expertos, como Erwin Panofsky, su prestancia y su perfección son, al fin y al cabo, un símbolo de veneración.
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