La Vieja Castilla, sus pueblos, sus gentes, sus legendarios orígenes y sus sempiternos misterios. Siempre he mantenido la opinión, de que no hay nada mejor, para dejar elevar el espíritu en inciensos de penetrante fragancia histórica, que dejarse llevar hasta lugares que, siquiera sea por la obstinación que denotan en mantener su aspecto, inducen la indubitable sensación de que hasta el tiempo, infatigable corredor de fondo que siempre llega a la meta sin importarle algo tan simple como es la tardanza, ha hecho un providencial, inesperado y piadoso alto en su camino.
Frías, tengan por seguro que no tengo la menor duda –y aprovecho para pedirles perdón, por esa reiterada manía de rozar siempre la redundancia- es uno de esos lugares. Un lugar, en el que se tiene la sensación, apenas uno comienza a patearse sus empinadas calles, de que el tiempo dio a propósito un rodeo, para no herir o no hacerlo en demasía, a esta perla de meseta, que sin duda nació para conservarse siempre lozana, como su metafórica y homónima andaluza.
No crean, tampoco, que exagero. Ni levanto, en absoluto, falso testimonio, si afirmo que sus propios habitantes, son culpables de mantener, lo más floridas posibles, esas raíces de las que han mamado y seguirán mamando durante generaciones, al menos mientras las recias vigas de sus casas aguanten.
En base a ello, pueden entender, como así lo hice yo aquél lejano mes de agosto, de un año que seguramente no pase de regular, en cuanto a la cosecha vinícola se refiere y por lo demás, en cuanto al resto no fue ni mejor ni peor que los que le precedieron, que en el habeas corpus de Frías, se contabilicen numerosos premios y menciones al pueblo mejor conservado de esa piel de toro, que en tiempos de Hércules se llamaba Hesperia e incluso Hispania y que hoy, siglos y milenios después de que los huesos de reyes como Gerión y Argantonio se convirtieran en sementera de cualquiera de los mil y un vientos que vienen y van, dejándose todo tipo de recuerdos en el camino, se llama España.
España es a Castilla, lo que el anillo es al dedo. Y Castilla fue para el resto, una madre o una madrastra, pero con derechos putativos de autoridad, a pesar de que hoy en día, los pendones comuneros vuelvan a clamar por sus fueros, gritando por los cuatro puntos cardinales, lo que en México gritaba Emiliano Zapata: tierra y libertad.
Un grito similar, frente al poderoso conde de Haro, hizo de esta hermosa ciudad y su plaza, conquistadas a los musulmanes en el siglo XI, en tiempos de uno de los grandes nobles castellanos, Sancho García, una ciudad sitiada
Un sitio y unos avatares, que por fortuna, no consiguieron aventar en la garganta la voz de ese castellano, que ya era vieja incluso cuando el nombre de Castilla apareció tempranamente en lugares merindales como la no tan lejana Taranco.
Frías, con su castillo dominando el pueblo como un halcón inmortalizado en la piedra, es hogar, así mismo, de personajes singulares, apegados a la tierra y sus inextricables caminos, como bien lo determinó en el conjunto de su magnífica obra literaria, un burgalés de pro, como fue Miguel Delibes.
Perderse, pues, en el misterio que rodea los estrechos vericuetos de unas callejas que nacieron mirando hacia ese axis mundi que era entonces el poder nobiliario y eclesial, hace que aventurarse en su dulce argamasa histórica, sea un placer al alcance de la mochila.
AVISO: versión finalizada y mejorada del original publicado en mi blog MEMORIES OF A PILGRIM. Tanto el texto como las fotografías que lo acompañan son de mi propiedad intelectual exclusiva. La entrada original, donde puede consultar la autoría de juancar347, se puede encontrar en la siguiente dirección: https://jc347.blogspot.com/2011/12/frias-encanto-medieval.html
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