Insistían, tanto el homérico Kavafis como aquél vagamundos con redaños y corazón que fue Hermann Hesse, en hacernos ver, bien a trote de poesía bien a lomos de buena prosa, aquélla gran verdad de que todos los caminos conducen al hogar.
Quizás por eso, los hogares y los caminos, al menos en esa Madre y a la vez Madrastra que es Castilla, son tan pintorescos y primordiales, como pintoresca y primordial –lo sabe bien el peregrino, el viajero y todo aquél que se deja caer por allí de vez en cuando- es la tierra en la que se asientan.
Y lo son, hasta tal punto –y pongo a la Historia por testigo- de que a veces se tiene la impresión de que tanto unos como otros se abrazan de tal manera, que parecen estar siempre a la misma altura.
Como queriendo estamparse, aunando su hereditaria soledad, bajo ese mismo y en ocasiones, también sombrío cielo que los cobija, los alienta y los ve desaparecer.
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