Durante un momento creí estar atrapado en un sueño del que no quería despertar.
El otoño se recogía sobre sí mismo, mientras el sol, bostezando perezoso, ponía, cansino, rumbo al oeste, como un colono buscando las infinitas praderas, que en su caso, se encuentran más allá de los cabos más septentrionales de la Península Ibérica, como Finisterre.
Las hojas caducas de los cipreses de agua que crecían como obeliscos en el limo del estanque, se reflejaban como lágrimas de sangre, capotes de torero extendidas en la quebradiza superficie acuática en la que danzaban infinidad de ánades, jugando a su libre albedrío.
El cristal del Palacio se transfiguraba, como si el ocaso le estuviera empujando irremediablemente hacia una dimensión fantasma.
Y allí, junto a una de las níveas balconadas, encorvado sobre su sagrado Stradivarius, jun jovencísimo Chopin interpretaba una conmovedora y a la vez esperanzadora melodía: la Vida es Bella.
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