Hay pueblos que se asoman a la Historia, con la cumplida indiferencia de quien ya no tiene nada que perder.
Porque, si bien la Historia les negó el privilegio de considerarlos hijos predilectos de sus espléndidas páginas doradas y la codicia de los hombres les hurtó miserablemente su patrimonio, sólo el tiempo, el mismo que dicen que todo lo puede, se mostró conmiserativo y les concedió el bendito beneficio del olvido.
Hoy duermen su sueño eterno, dorándose al sol de la mañana, estremecidas sus viejas y vacías cunas cuando la luna canta su postrera nana, tamizado su brillo por encima de las solitarias colinas donde antaño las brujas danzaban en corro alrededor de los calderos.
Allí, al pie del olvidado campo de encinas donde antaño el ruiseñor homenajeaba con su canto el ceremonioso tajo de las hoces de oro de los druidas, un solitario y desvencijado mojón de los caminos advierte a los ocasionales peregrinos, que se encuentran en un olvidado kilómetro de la ancha e infinita Castilla.
Y a lo lejos, quizás como preludio a la tormenta que se aproxima, una vieja milana canta, solidaria con la angustia de un encogido grillo de los trigales, que ve amenazado su agujero por la voracidad de la langosta.
El peregrino calla y continúa su camino: por nada del mundo quisiera que sus pasos, huellas que la tierra fosilizará cuando su adánica calavera se convierta en icnita para los arqueólogos del futuro, perturbaran el sueño eterno de Castilla.
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