Por increíble que parezca, con nuestro vital Parque del Retiro ocurre algo parecido a los numerosos velos que ocultan el rostro de las exóticas bailarinas orientales: que para descubrir lo que ocultan, hay que armarse de paciencia y encomendarse por completo a la imaginación.
Si sustituimos los velos por rincones, descubriremos que como aquéllos, cada rincón de nuestro parque es un pequeño mundo por descubrir, un secreto que tentar, una historia que enseñar.
Paralelo a la popular calle de Alcalá, unos metros por debajo de la espectacular iglesia neorrománica de San Manuel y San Benito, a escasos metros donde algunos subsaharianos trafican con costo y algo más, mirando con recelo mal disimulado a los portadores de cámaras fotográficas –a los que se recomienda precaución- y protegido, además, por las ramas de unos álamos que ya comienzan a estremecerse barruntando la llegada del invierno, un pequeño jardín guarda rastros de una antigua historia mitológica: la del cíclope Polifemo y la ninfa Galatea.
Se trata de un monolito, a cuyos pies el otoño va dejando a su paso un pequeño cementerio de hojas caídas que nos remite a los adolecidos poemas de Whytman, que labrado bellamente por sus dos caras reproduce escenas y parte del grandioso poema escrito por Luis de Góngora, más o menos en la época en la que Cervantes, una vez colocado el caballero Don Quijote en las manchegas llanuras, daba rienda suelta a los trabajos sobre Persiles y Segismunda.
Lo curioso del tema, es que éste, como otros muchos mitos que alimentaron la psicología del mundo antiguo, continúa vigente en la actualidad, pues podría decirse que Polifemo encarna a ese machismo airado que no acepta un no por respuesta y está dispuesto a todo con tal de conseguir los favores de la hembra, sin importarle que ésta no le ame; es decir, o mía o de nadie más.
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