Aunque el otoño toca a su fin y en cada expiración se presiente el gélido aliento del general invierno, todavía los paseos resultan agradables y permiten llevar con cristiana resignación esas restricciones impuestas por una pandemia, sobre la que caben todo tipo de especulaciones.
Pero no es mi intención darle más relevancia de la que desgraciadamente ya tiene, sino que, por el contrario, sino que, aunándome a ese metafórico regreso a nuestras vidas de la máscaras, con las que estamos aprendiendo a convivir y a través de las cuales nos tragamos nuestros propios esputos, mi deseo es invitarles a mirar hacia otro lado y compartir unos momentos de tranquila, aunque revolucionaria ensoñación.
La primera vez que asistí a esta curiosa exposición en el Palacio de Cristal del madrileño Parque del Retiro, fue el día de su inauguración, una calurosa mañana de primeros de julio y si entonces tuve la certeza de asistir a algo diferente, en mi última visita tuve la misma sensación, quizás mucho más certera, aún si cabe, envuelto el lugar por la magia del otoño.
Frente a la diferencia, marcada en este caso, quizás por una sensibilidad mal entendida, volví a recordar al amigo Wilde y no pude evitar rendirme ante la sensación de que todavía, por mucho que intentemos disimularlo, continuamos sufriendo de pensamientos meramente victorianos y nos da miedo, cuando no esa otra cosa peor que hizo a Caín criminal, todo aquello que es diferente y que destaca por sí mismo, saliéndose de los remilgados cánones del rebaño.
Porque tendemos a dejarnos globalizar y caer fácilmente en esas trampas, donde generalmente caemos, absurdamente agradecidos, consintiendo, cual cómplices interesados, vender hasta el alma en tan descarada manipulación.
Por eso, entre otras cosas, admiro a Hallilaj, por su diferencia declarada y su indiferencia adoptada; por su independencia, por su valor y sobre todo, por valentía de ser diferente –o dicho de otro modo, de ser él mismo- aunque ello le cueste el vacío y la soledad.
Este Jardín, pues, me recuerda que la diferencia es un grado y la independencia, una bienvenida bendición.
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