Siempre me he preguntado de dónde surge ese rico caudal de imaginación, inventiva y cuentos maravillosos, que son las leyendas populares.
Y siempre he llegado a la conclusión, de que la fuente de donde mana tan magna riqueza, no puede ser otra que aquélla misma que susurra a través de los sueños y que C. G. Jung definió como el inconsciente colectivo.
De ahí, dueño de alguna de las múltiples máscaras que se aferran como rémoras a nuestras almas, posiblemente surja también la figura del Diablo –siempre como una espada de Damocles que se abate sobre la conciencia- y por defecto, su tramposa faceta creativa.
Cuentan, en este sentido, los de Segovia, que su famoso Acueducto fue levantado en una sola noche por el Diablo, aunque suelen mirar para otro lado cuando alguien les dice aquello de que posiblemente tuvo que ponerse de acuerdo con los ingenieros del César.
Lo mismo dicen los de Aragón, cuando se refieren al castillo de Trasmoz, donde, además, las brujas del Moncayo se entregaban frenéticamente a unos aquelarres dignos de la noche de Walpurgis, costumbre, por añadidura, que según los dimes y diretes, dígoles y les cuento, realizaron hasta tiempos relativamente modernos.
Y ahora vengo yo, a imaginarme –y pongo exclusivamente a mi fantasía por testigo- que este curioso castillo de barro y arcilla, cuyas ruinas se localizan en la celtíbera llanura soriana, es también obra del Diablo.
De alguna forma, quiero dejarme llevar por mi visión nahual del mundo y de una manera quijotescamente mágica, aunque sin la pomposidad de esos entremeses que son los abracadabras, imaginar que el Diablo un día quiso meterse a jardinero y salió escaldado.
Y en lugar de crear adanes y evas con ese barro primordial, privilegio genésico y exclusivo de Dios, creó un falso Edén, donde al final la vieja serpiente se quedó más sola que la una.
Moraleja: quien sueña con gigantes, es que sólo ve molinos.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.