Detalles de Cultura Popular

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Suelen afirmar los que entienden de perfumes, que los más fragantes, los más persistentes y en definitiva los mejores y más caros, son aquellos que se suelen conservar en los frascos más pequeños.
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Esto mismo, mirando con los ojos del alma y poniendo una especial atención en los detalles, podría aplicarse a nuestros pueblos.
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Porque no deja de ser una gran verdad, que es en ellos donde los señoritos de ciudad aprendemos, entre otras cosas, que la vida es un simple suspiro y que entre un suspiro y otro suspiro, tan sólo queda, como valor verdadero, la oportuna mediación y encanto del detalle.
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Y es paseando precisamente por las calles de esos pueblos –a los que hoy en día, mucho petimetre de playa, chiringuito, pelotazo y posturita mira con desprecio, porque confunde la humildad con la miseria- como la experiencia se convierte en una lección de la vieja escuela, donde volvemos a reencontrarnos, sobre todo con dos lecciones que nuestra prepotencia parece haber olvidado: quiénes somos y de dónde venimos.
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Lejos de la soledad de ese espejismo del estado del bienestar, donde la mayoría no conoce ni siquiera a los vecinos de su portal, en los pueblos no hay secretos, hasta el punto de que todos saben de qué color es la ropa interior de cada uno –ya saben, esa que sirve para llevar bien resguardados unos órganos sexuales que algún misógeno pajilánguido consideró como de buena educación llamar ‘verguenzas’, vaya usted a saber por qué- sin importar de qué color son los lunares de los gayumbos del tío Fermín y la talla del encaje de las bragas de la tía Tomasa.
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La barbacoa en la puerta de casa, es siempre una invitación a participar en las alegres noches del verano, cuando la Luna se mece coqueta entre su manto de estrellas, y grillos y cigarras templan mariachis mientras el vino del porrón rueda de mano en mano, dejando en los paladares el dulce sabor de la amistad.
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En los pueblos, lo sencillo se revierte en útil, de manera que un simple hueco en la pared puede servir como sombra donde cobijar la siempre fresca agua del botijo o utilizarse como sagrado buzón de correos, heroico miliciano que se niega a rendirse frente a la superioridad de la Todopoderosa Era de Internet.
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Y los tiestos y macetas, siempre rebosantes de hermosas y coloridas flores, presentes, como una sombra, en las puertas y ventanas, testimonio, al fin y al cabo, del respeto y la afectividad hacia esa Tierra, que aún con sacrificio, nos alimenta con el amor de una Madre.
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Lugares, idílicos, después de todo, como una melancólica Arcadia, donde incluso los gatos caminan por sus calles –vírgenes en muchos casos del cáncer del asfalto- con la tranquilidad del que no se siente discriminado, ni ve tampoco riesgo alguno en su derecho a la libertad.
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AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.
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