De lo real imaginario

juancar347(79)
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La última vez que anduve por el norte de Burgos y la Llanada Alavesa, la Semana Santa se convirtió, comparativamente hablando, en un sagrado chapoteo, que convirtió nuestra ruta, pueden creerlo, en un continuo ir y venir de charco en charco.

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Ahora, mientras escribo ésta breve historia, plácidamente sentado –no diré dónde, pero creo que mi amiga nancybriti@nancybriti lo pillará al vuelo- dejando que los recuerdos acudan a mi memoria, entrando por la misma ventana que a la vez permite escapar a las volutas de humo del cigarrillo descafeinado que me estoy fumando y que posiblemente evite la carga de una vejez excesivamente prolongada, es cuando recuerdo a Borges –y de paso al maestro acostacazorla@acostacazorla- y pienso en la curiosa paradoja de su poesía, cuando afirmaba aquello de que la lluvia sucede siempre en el pasado.

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Bajo ésta perspectiva y teniendo en cuenta la referida circunstancia borgiana, no puedo resistir la tentación de referir un incidente –ni remotamente similar al de Roswell, Nuevo Méjico- pero que como la lluvia, no sólo sucede en el pasado, sino que además moja a una Historia, cuyos charcos lejos están de secarse en las ambiguas tintas que apenas constituyen un indulgente colirio en los oscuros párpados de la objetividad.

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Muchos ya sabemos que la escultura románica –siempre preferiré el término bizantino- posee la ingenuidad de la superstición, los antecedentes lineales de lo egipcíaco anterior a la aparición de la María Egipcíaca que algunos identifican con la sabia pagana Egeria, la herencia del clasicismo bajo cuyos capiteles Platón y Sócrates enseñaban filosofía y letras, y también, por qué no decirlo, la suficiente dosis de mala leche como para alejarle a uno definitivamente de los benditos sillones de la ortodoxia oficial, si es que alguna vez tuvo la osadía de aspirar, como Sancho, al honor de poseer una de tales ínsulas baratarias.

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No es mi caso, créanlo, de manera que continuaré a éste lado del charco soñando por libre, en compañía de Borges, de su lluvia que siempre sucede en el pasado y me situaré con mi circunstancia, invitándoles a hacer lo mismo, en un pequeño pueblecito de las Merindades burgalesas, llamado Colina de Losa, en una lluviosa mañana de abril, recomendándoles, encarecida y cariñosamente, la utilización del paraguas o en su defecto, el uso de una prenda tan sencilla como práctica, vulgarmente conocida como chubasquero.

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Lo primero que se del pueblo, es la iglesia: un pequeño pero encantador templo del siglo XII, que aún con numerosos achaques, no todos causados por ese endémico mal conocido como vejez, ve los siglos pasar, cualquiera diría que herido su corazón de monótona languidez, como el famoso poema de Verlaine.

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Obviando los curiosos encantos de unas esculturas, que sólo les muestro en las fotografías para no cometer un acto de crueldad con su curiosidad, les propongo detenernos un momento en la curiosa y a la vez maltratada figura de un asceta, sentado en la típica posición del loto y quién sabe si delante de una flor de loto también, que reúne todas las características para pensar en una misteriosa influencia oriental, donde quizás un anónimo cantero se hizo eco, cualquiera sabe cómo, de la historia de Gautama el Buda y la transmitió a éste pequeño rincón castellano, siglos antes de que Marco Polo nos engatusara con las exageradas maravillas de sus viajes al continente asiático.

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AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y están sujetos a mis derechos de autor.
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