Los norteamericanos continúan llorándole a Tara y la dulce magia del Sur, que el viento se llevó, como se llevó, también, la inefable poesía de Whitman, casi un siglo después de la Guerra de Secesión.
En esa época, aparte de las ansias homicidas que han prevalecido en el hombre desde los tiempos de Abel y Caín, lo más sensato –si es que se puede hablar de sensatez en un mundo abocado a la locura- parecía culpar al viento de todas las desgracias habidas y por haber.
Pero en ésta época en la que vivimos, si bien el viento a demostrarse culpable, por conductor, que no inductor de la desgracia, resulta difícil no tener una visión retrospectiva y mirando atrás, pensar en lo que hemos perdido.
Y dejando a un lado lo que más afecta en lo personal, que siempre serán esas personas inocentes, que como corderos de Dios han visto truncadas sus vidas en aras de quién sabe qué oscuros intereses y guerras silenciosas de exterminio selectivo, se echa de menos esa libertad de movimientos, que permitía que todos pudiéramos dar rienda suelta a nuestros deseos y aficiones, sin obstáculos de ningún tipo.
De manera, que aparte de otras muchas cosas, como viajar, reunirte con los amigos, salir a comer o a cenar, al cine o al teatro o asistir a cualquier evento de tu interés, echo de menos, sobre todo, esas inolvidables Ferias del Libro, que tanto en primavera como en otoño, ponían en un ilusionante pedestal a esa embajadora de la Paz y la Ilusión, que es siempre la Cultura.
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