…no hubiesen podido saber nunca que un tesoro habĂa sido escondido y que con sus bĂşsquedas infructuosas, por carecer de guĂa al intentar recuperarlo, dieron nacimiento primero a ese rumor, difundido universalmente por entonces…
El escarabajo de oro
Edgar Allan Poe
Cuando le quitaron la bolsa de la cabeza, Cintia se dio cuenta al instante de dĂłnde estaba. Se la colocaron para que no lo supiera, como se hacĂa en las pelĂculas. Solo que, en ellas, al que llevan lo montan en autos, botes o aviones, y no lo hacen caminar desde la esquina del parque durante diez minutos. Se encontraba en una parte conocida del bosque, por donde habĂa jugado con sus primos tiempo atrás. Cuando pudo enfocar bien, identificĂł a Javier detrás de Patricia. Él habĂa utilizado sus servicios tiempo atrás, y ese dĂa hacĂa de asistente a manera de pago.
Patri jugaba con su celular, sentada en una especie de trono construido por los objetos más extraños y menos pensado para armar un trono. HabĂa trompetas, discos de vinilo, pomos de refresco, ollas, bates de madera y plástico, entre muchos que no pudo identificar. Se hallaban reunidos en una especie de bĂłveda natural de enredaderas y ramas bajas de los árboles. No se podĂa ver hacia afuera de lo tupida que era la vegetaciĂłn, pero por algunos espacios se colaban rayos de sol. A su manera, la naturaleza les construyĂł una pequeña habitaciĂłn en el bosque. Patricia se acomodĂł en su trono, guardĂł el mĂłvil, se colocĂł un gorro forrado con una tela de colores y mirĂł a Cintia durante unos momentos.
—Me dicen que tienes otra cosa perdida y quieres que la encuentre por ti —le preguntó Patricia y le hizo una seña a Javier, que salió enseguida de la bóveda apartando unas enredaderas.
—SĂ…, Patricia —tartamudeĂł Cintia.
No sabĂa si era en serio todo aquel montaje. Le parecĂa absurdo tanto alboroto y al mismo tiempo estaba apenada por tener que regresar. Era ya la tercera vez que recurrĂa a La Buscadora.
—Tengo perdida mi colección de maquetas de katanas. De las japonesas… ¿Sabes? Las de verdad.
—Todos sabemos que son las katanas. Vemos anime y somos tan otakus como lo puedes ser tú. Lo que no entiendo es cómo se te pueden haber perdido.
Cintia se arrepintió, no solo de haber dicho eso, sino de haber ido también. Iba a despedirse, cuando Patricia la detuvo.
—No te vayas aún. No podrás regresar sin uno de nosotros, es lo primero. Lo segundo es que acepto tu encargo. Buscaré tus katanas. No importa cómo las perdiste.
Cintia mirĂł hacia las enredaderas por donde habĂa salido Javier y pudo distinguir parte del camino en el bosque. Se tranquilizĂł al darse cuenta que Patricia solo interpretaba su personaje.
—Son unas maquetas, no son reales, qué más quisiera…
—Son katanas, Cintia. Eres mi nakama, asà que, por eso solo te cobraré algo tuyo. Escoge el que quieras prestarme.
—¿Prestado? —Cintia abriĂł su mochila y mirĂł los comics que habĂa comprado esa mañana. AĂşn no los habĂa terminado. TendrĂa que hacerlo rápido… antes que Patricia terminara su pedido.
—SĂ, somos nakamas, Âżno?
—Claro que sà —sonrió Cintia con timidez. Patricia irradiaba seguridad, confianza, optimismo; todo lo que le faltaba a ella en ese momento.
—Entonces, siĂ©ntate —le señalĂł hacia la silla que le traĂa Javier, quien acababa de regresar—. Voy a comenzar
Patricia se levantĂł de su trono y extendiĂł sus brazos en cruz. La luz pareciĂł escurrirse de encima de los objetos y ser atraĂda por Patricia. Las manchas de sol comenzaron a dirigirse hacia ella, los rayos de luz parecieron doblarse poco a poco a su voluntad y la apuntaron. En un instante brillĂł, fue envuelta por las manchas solares y en otro liberĂł toda esa luz; y como si explotara una burbuja. Luego, todo fue devuelto a su normalidad. Cintia se quedĂł perpleja durante toda aquella manifestaciĂłn de poder. Al ver que la luz volviĂł a ser la de siempre, fue a levantarse.
—No ha terminado —la detuvo Javier con la mano en su hombro. Por muchas veces que viera aquel espectáculo, ella no lograba acostumbrarse. Y mucho menos aprendérselo.
Del cuerpo de Patricia se estiraban sombras de brazos, como si fuera un montaje fotográfico de miles de focos que la hubieran alumbrando desde miles de ángulos diferentes. Las sombras alargadas, se escurrieron como serpientes entre los resquicios de aquel lugar y salieron al exterior. Una vez afuera, Patricia bajĂł sus brazos, volviĂł a sentarse en su trono y le entregĂł el extraño gorro de ceremonias a Javier. MirĂł a Cintia, quien a su vez no dejaba de observar cĂłmo se movĂan las sombras por toda la estancia.
—¿AĂşn te asustan? Solo son mis buscadoras —la intentĂł tranquilizar—. Ahora esperemos. No tardarán mucho. La gente habla de la velocidad de la luz, pero nadie se ha detenido a pensar en la velocidad de las sombras. Son rapidĂsimas. Y al contrario de la luz, pueden llegar a lugares donde ella no.
—No… no e… no entiendo nada —balbuceó Cintia.
—Tranquila, muchacha. Con el tiempo te acostumbrarás.
Transcurrieron varios minutos y poco a poco la cara de Patricia fue perdiendo su calma y seguridad. Hizo señas a su ayudante y le dio varias indicaciones antes de ponerse en pie otra vez.
—Cintia, tenemos que hablar —le dijo con seriedad por primera vez. Hasta ese momento todo habĂa sido un juego para ella —. No encuentro tus katanas. Lo siento, no están en este mundo.
Andi miraba complacido cĂłmo se marchaba un cliente complacido. Le costĂł trabajo, pero pudo encontrar el regalo perfecto para la novia. Lo más difĂcil de todo fue burlar la vigilancia que habĂa levantado Patricia, su mayor competencia en el negocio. MirĂł a su alrededor con satisfacciĂłn. Su cuartel general, u oficina, se encontraba en el patio trasero de su casa, lejos de las miradas curiosas de sus padres y vecinos. Las paredes se hallaban llenas de trofeos de lugares desconocidos para otros, pero no para Ă©l.
SintiĂł los pasos de Dani que regresaba luego de acompañar a su cliente hasta la salida. Él era el Ăşnico que conocĂa cĂłmo podĂa encontrar todo lo que le pedĂan, independientemente de lo que fuera o el lugar. Siempre y cuando existiera.
Aunque fuera en otro mundo.
—Ya se fue, y contentĂsimo —le dijo Dani al entrar—. Lo Ăşnico que faltĂł fue que se lo envolvieras.
—Con lo que me costĂł encontrarlo y traerlo sin que se diera cuenta la dueña… no podĂa arriesgarme a envolverlo. Ahh, si hubiera pagado un extra, quizás se lo hubiera hecho —bromeĂł Andi y ambos rieron.
—¿Y ahora qué?
—No entiendo, ÂżquĂ© quieres decir? —Andi sabĂa perfectamente a quĂ© se referĂa su amigo.
—Tú sabes bien. Te metiste en terreno de Patricia. Ella no va a parar hasta que encuentre las katanas.
—Patricia tiene sus principios, no creo que vaya a romperlos por un encargo. Simplemente le dirá a la dueña que no los encontró y pedirá disculpas.
—¿Tú lo crees? No me parece que ceda tan fácil. ¿Y qué con su regla de ser la mejor en el negocio de buscadores? Sabes que lo piensa.
—ConfĂa en mĂ. Lo dejará pasar.
— No debiste haberlo hecho —recriminĂł Dani muy serio, ignorando el comentario anterior—. Te dejaste llevar por el ego. TenĂas que decirle que no, o buscar otra cosa.
—Eso era lo que querĂa el cliente, Dani. Ellos siempre tienen la razĂłn.
—Lo sĂ©, pero de todos los mundos posibles, tenĂas que buscar allĂ…
—Es el Ăşnico idĂ©ntico al nuestro. Nuestro espejo en muchĂsimos sentidos. Y el Ăşnico donde hallar esas maquetas de katanas.
—Pero es el territorio de ella. Te juro que me da miedo pensar en que venga. PodrĂa ser una completa molestia. ÂżQuiĂ©n sabe quĂ© represalias tomará?
—Precisamente por ser su territorio fue que lo busquĂ© allĂ. No pensará nunca en buscar aquĂ. Y en caso que lo haga, no creo que lo recupere.
—A veces me maravilla tu seguridad, Andi, y ahora no lo digo como un cumplido.
—Lo sé, Dani. No te preocupes y dejemos el tema. Vamos a comer algo que nos lo hemos ganado. Deja a la otra romperse la cabeza buscando, que nunca lo encontrará.
—No puedo estar tan relajado como tĂş. Dimos nuestra palabra y tenĂamos que cumplirla. Nos van a cerrar el negocio. No te entiendo, Andi. SĂ© que esto es importante para ti.
Andi mirĂł a su amigo. Nunca lo habĂa visto tan preocupado. CerrĂł la puerta de su oficina y volviĂł a sentarse. InvitĂł a Dani a hacer lo mismo.
—Te voy a contar una historia de un niño muy… diferente. Tanto que los demás de su escuela no querĂan jugar con Ă©l. En cada ocasiĂłn que salĂa al recreo, tenĂa que jugar solo. Todo, por tender un don, muy especial que los demás no entendĂan. Un dĂa, mientras jugaba en la arena del parque con su juego de cubos, se le acercĂł una niña muy sonriente. QuerĂa jugar con Ă©l y juntos hicieron los castillos de arena más lindos que habĂa podido construir con sus cubos. Pero ella no querĂa que se quedara asĂ, siendo un bloque sĂłlido de arena, querĂa realismo y le pidiĂł al niño que utilizara su poder para excavar en el interior del castillo y creara pasillos y habitaciones. Él se asustĂł, pensĂł que era una broma para luego burlarse de Ă©l, decirle “fenĂłmeno, raro”; sin embargo, la sonrisa de ella lo alejĂł de tales pensamientos. AsĂ que cerrĂł los ojos y una pequeña corriente de aire descontrolada brotĂł de sus manos. La niña puso la suya en los hombros del niño y le dijo: “Cálmate. Abre los ojos. Piensa en el viento como una extensiĂłn de tus brazos. VisualĂzalo. Prueba ahora.” Y asĂ mismo hizo Ă©l y dos brazos de aire corrieron, poco a poco, a travĂ©s del castillo, excavando los cuartos, pasillos y ventanas del castillo de arena. Por supuesto, el castillo se cayĂł al rato. Era de arena. Con la alegrĂa, el niño cavĂł de más y perdiĂł su sostĂ©n. A ellos no les importĂł en absoluto, se miraron y comenzaron a reĂrse.
»Continuaron durante la tarde y ya cuando caĂa el sol, ella dijo que debĂa irse. Él se entristeciĂł y le preguntĂł si la verĂa otra vez. Ella dejĂł de sonreĂr. Le dio una tarjeta con una direcciĂłn y telĂ©fono. Dijo que fuera a allĂ para que le enseñaran todo lo que debĂa aprender sobre su don, pero tenĂa que irse. Antes de la despedida, le pidiĂł al niño un recuerdo suyo. Él se palpĂł los bolsillos y no encontrĂł que darle. De pronto vio su juego de cubos de arena y con mucho dolor se los entregĂł. Ella no se los quiso aceptar, pero Ă©l insistiĂł hasta que los aceptĂł. Una vez que los tuvo en sus manos, le recordĂł la tarjeta y se desvaneciĂł frente a Ă©l. Solo quedĂł una sombra alargada que se escurriĂł por un rincĂłn, llevándose sus cubos de arena. Esa fue la primera vez que vi a los clones de sombra de Patricia.
Dani pensĂł que su amigo iba a llorar de un momento a otro, asĂ que lo hizo hablar.
—¿De qué era la tarjeta? ¿Una mentira?
—No, la tarjeta era verdad. Era del Sindicato. La mentira fue la de hacerse pasar por mi amiga. Me rompiĂł el corazĂłn. Estaba trabajando mientras jugaba conmigo. La habĂa enviado el Sindicato de Buscadores, es verdad. Pero estaba tras mis cubos. Ese era su pago para mantener el equilibrio. Toda magia tiene su precio, y ella cobrĂł el suyo.
—Nunca me has hablado de ellos.
—No puedo. Bastante que sabes que existen. Ellos me enseñaron todo lo que me hizo falta saber para comenzar este negocio.
—¿Y qué ganan ellos con eso?
—Nada. Solo controlan. Al menos no me han pedido nada en absoluto. Dicen que, a travĂ©s de nosotros, ellos garantizan el equilibrio entre mundos. Son los que nos permiten pasar entre ellos a buscar lo que necesitamos. Hay cosas en uno que ayudan al otro, o algo asĂ.
—Y las que lo perjudican.
—SĂ, pero esas no las pasamos. Solo lo que es necesario para el equilibrio.
—Lo sé. Entonces, ellos son los que te asignaron tus territorios de busca.
—Más o menos. Puedo ir a donde quiera, menos al mundo de otro buscador.
—Como Patricia.
—Asà mismo.
—¿Ella no les dirá nada a ellos?
—No. Ya te lo dije. Ella no puede venir a llevárselo asĂ por asĂ, sin que nadie se lo pida. RomperĂa el equilibrio. Ese objeto fue deseado aquĂ. Soñado. Era necesario.
―Y ¿qué le impide llevárselo si lo piden?
―Lo va a dejar pasar, Dani. ConfĂa en mĂ. Ella no se arriesgará a tanto.
—¡Que no lo voy a dejar pasar! —le gritaba Patricia a Javier.
En ese momento se notaban los doce años que tenĂa en su mayor gloria: brazos cruzados sobre el pecho, pies golpeteando el suelo, cabeza en constante negativa a lo que le dijeran, boca contraĂda y cejo fruncido. En su totalidad, era una clásica perreta infantil.
Javi intentaba calmarla. Todos dentro de la pequeña habitaciĂłn vegetal miraban la escena sin moverse, por miedo a que la acometiera con ellos. Cintia no entendĂa nada de lo que sucedĂa.
—Es su mundo, Patri.
—Él entrĂł al mĂo.
—Bueno, técnicamente no lo hizo.
—¡Sabes a lo que me refiero, Javier!
—Si lo hubiera hecho, los del Sindicato lo hubieran castigado. Posiblemente le cerrarĂan el paso fuera de su mundo. Lo mismo para ti si vas al suyo. TĂş misma me lo has dicho.
—No me importa. No lo puedo dejar pasar. El muy…
—¿Puedo preguntar qué es lo que pasa? —intervino Cintia preocupada.
Todos la miraron repentinamente, no creĂan su valor al interrumpir la furia de Patricia. Con las emociones, olvidaron que aĂşn seguĂa siendo su clienta. Y su prioridad.
—Es Andi, un buscador de otro mundo. Él es el que se llevó tus katanas.
—No lo sabes con seguridad —le dijo Javier.
—SĂ lo sĂ©, el rastro llega hasta el lĂmite de su universo, y voy a ir a confirmarlo. El muy malagradecido.
—¿Quién es él?
—Se dice Ă©l mismo que es mi mayor competencia. Nunca lo entendĂ. Yo lo reclutĂ© hace dos años. Hasta ese momento era un niño solo y aburrido. HablĂ© por Ă©l ante el Sindicato y ellos lo aceptaron. Si no fuera por mĂ, estarĂa jugando solo en su casa y creando ciclones.
—¿Ciclones? —Cintia no entendĂa nada. Patricia estaba tan enfadada que no cayĂł en que su clienta desconocĂa las interioridades de los buscadores.
—SĂ. Ciclones —explicĂł Patricia y tomĂł asiento para poder conversar con calma—. Como mis buscadores son sombras, los suyos son vientos. Si no lo hubiera reclutado a tiempo, sus pequeños vientos descontrolados, a esa edad, se hubieran convertido en tornados y ciclones en esta. Ahora me tiene como su enemiga, ni me habla. El muy ingrato se cree que sus buscadores son más refinado e indetectable que los mĂos. Entre nosotros: se puede sentir cuando te toca. Con ellos palpa, ve y escucha todo. Son extensiones de Ă©l mismo. Es asĂ como busca. Pero no puede venir a robarme a mĂ en mi cara, por muy dolido o creĂdo que estĂ©. No le he dado motivos para hacerlo.
Patricia les contĂł a todos sobre el dĂa que conociĂł a Andi. Luego se quedĂł sentada, muy pensativa, mirando distraĂdamente a su gorro de ceremonias en sus manos.
—Es cierto —intervino Javier—. Pero no tienes pruebas que haya sido él.
—Es verdad, Javi. Asà que tengo que buscarlas.
—AsĂ mismo —Javier parecĂa contento por haberla hecho tomar cordura.
—Cintia, nos vamos a buscar tus katanas. ¿Has viajado alguna vez a otro mundo?
—¿Yo…? No. Nunca he salido ni de provincia.
—Pues nos vamos.
Su ayudante tenĂa la boca abierta. No podĂa decirle nada. En varias ocasiones lo intentĂł, pero la decisiĂłn de Patricia lo dejĂł aturdido.
—Puedes irte, considera pagada tu deuda. Quédate con mis cosas, y mi gorro… me lo llevo. Hay que estar presentable cuando uno va de visita a otros lugares. Si no nos vemos nunca más… ha sido un honor trabajar contigo. Adiós.
Javier no sabĂa quĂ© decir. Se dejĂł caer sobre una silla y miraba a Patricia ponerse su abrigo. Le dijo “adiĂłs” con la mano y Patri le tirĂł un beso.
Cintia casi que no creĂa lo que sucedĂa a su alrededor. Mucho menos lo que vio luego que Patricia la tomara de las manos y la condujera a travĂ©s de una puerta vegetal que daba a una pared oscura. Más que oscuridad, le recordĂł a la nada de La historia interminable. Daba mala impresiĂłn fijar la vista, pues era como si no vieras “nada”. Pues a travĂ©s de esa puerta cruzaron las niñas. Cintia cerrĂł los ojos al cruzar y una vez que los abriĂł, se encontraba en el otro lado. AquĂ©l era un mundo idĂ©ntico al suyo, pero por alguna razĂłn, se sentĂa diferente. Fue demasiado fácil, pensĂł Cintia, que habĂa esperado algĂşn dispositivo, o utensilio, como La Daga que usaba Will, el de La BrĂşjula Dorada, para abrir portales a otros mundos.
—Vamos, es por aquà —indicó Patricia.
Cintia seguĂa mirándolo todo a su alrededor, en busca de aquel aspecto discordante que le diera la seguridad que no estaba en su mundo. El paisaje le resultaba familiar.
—¿Cuántas veces has venido aquà antes?
—En persona, esta es mi primera. Con mis sombras, muchas veces. La última fue cuando recluté al zorro que vamos a ver ahora. No le he dejado un mundo para que vaya a robarme.
—¿Es muy lejos? ¿Cómo sabes dónde encontrarlo?
—¡Vamos! —ladró Patricia—. No te retrases que te quedas sin katanas.
—¡Voy!
Caminaron hacia una casa a más de una cuadra de distancia del portal por donde entraron. Era una casa hermosa, alta, de dos plantas. Patricia cruzĂł el jardĂn y abriĂł una puerta en el costado de la residencia, la que daba a un pasillo que corrĂa a todo lo largo de la casa hasta llegar a un amplio patio trasero. Lo que más le llamĂł la atenciĂłn a Cintia, no fue que aquella mini casa en el patio, sino que Patricia se conociera cada detalle y era la primera vez que iba en persona.
Le hizo una seña de “vamos” con la mano y se dirigiĂł hacia la casa en el patio. No habĂan llegado a la puerta cuando esta se abriĂł y dos niños de la misma edad de ellos, salieron por ella. Se quedaron mirándose unos a otros sin decirse nada por unos instantes. No obstante, fue el tiempo necesario para que Cintia supiera quiĂ©n era el que fueron a ver.
—Buenas tardes… —comenzó a decir el otro.
—¡Buenas tardes nada, Dani! —interrumpió Andi alterado—. Te presento a Patricia. Excelente buscadora de nuestro mundo espejo. Arte que solo es superado por sus mentiras y manipulaciones.
—¡Yo no te he mentido ni manipulado! Todo eso está en tu cabeza. De donde mismo salió la loca idea de ir a robar a mi mundo. ¿O lo vas a negar?
—No lo haré.
Muy rápido que encontró la prueba, pensó Cintia.
—Cálmense un poco, vamos a hablarlo como personas civilizadas —tratĂł de apaciguar Dani, pero fue callado por un unĂsono “¡No!” de ambos buscadores.
Dani se acercĂł a Cintia, esta encogiĂł sus hombros y se dedicaron a observarlos sentados en un banco del patio. Cintia seguĂa mirando a su alrededor y todo era idĂ©ntico a su mundo. Si no hubiera sido por aquella puerta y esa sensaciĂłn extraña que no la abandonaba, no hubiera creĂdo estar donde estaba. Todo hubiera parecido un montaje.
—Mira, Dani… No he venido hasta aquà para demostrarte nada. Cree lo que quieras. Solo quiero que le devuelvas las katanas a mi clienta. Esas que sacaste de su casa.
—No puedo, y no lo haré. Hice un trato con un cliente y se las di. Búscalas tú misma.
—Sabes que no es tan simple. Eso es robo. Nunca creà que fueras capaz de hacer tal cosa y con tanto descaro. ¿Qué enseñan aquà a los niños?
—Hice lo mismo que tú haces. No me vengas con esa.
—Yo no robo. Nunca lo he hecho. Y si no me las das, tendré que acudir al Sindicato.
—¿No lo haces?
—No.
La cara de Andi pasĂł del enojo a la sorpresa. No se esperaba tal respuesta. No le parecĂa que mintiera.
—¿No estás mintiendo? No te creo. ¡Eres una mentirosa!
Le gritĂł y se girĂł hacia su amigo en busca de apoyo. Pero este no parecĂa tener intenciĂłn de intervenir otra vez. Sin embargo, fue en ese instante que Cintia notĂł cuál era la diferencia… o en ese caso, la semejanza. Al ver la postura de Andi, notĂł perfectamente sus brazos cruzados sobre el pecho, pies golpeteando el suelo, cabeza en constante negativa, boca contraĂda y cejo fruncido. En su totalidad, era una clásica perreta infantil: la misma que su gemela de su mundo espejo. Todo le vino de repente. Aquel barrio ocupaba el espacio del bosque en el que la habĂan llevado a ver a Patricia. Los árboles no eran las mismas especies, pero mantenĂan la misma forma y ubicaciĂłn, excepto los espacios que ocupaba la urbanizaciĂłn de ese mundo. Cintia entendiĂł todo eso solo de verlos discutir.
—No lo hace, y no te mintiĂł —intervino—. No podrĂa hacĂ©rtelo. Menos a ti. Aunque no lo creas, estoy segura que eres como lo era ella antes de descubrir su poder. Yo la conozco desde niña y le temĂa. Era muy oscura, y sus sombras me aterraban. TenĂa pesadillas con ellas. Sin embargo, un dĂa estaba tratando de columpiarse sola en el parque y no sabĂa cĂłmo hacerlo. AsĂ que me llenĂ© de valor y me acerquĂ© a enseñarla. Desde ese dĂa somos amigas. Tanto que fue capaz de revelarme su mayor secreto y arriesgarse viniendo hasta aquĂ. Hasta donde está su doble en este mundo. Al que reclutĂł y salvĂł de la soledad. Aquel con un don similar al de ella. No. Ella no roba, Andi, sino que intercambia.
Andi miraba a Dani, y despuĂ©s a Patricia. ParecĂa aturdido. Caminaba de un lado a otro pensativo. Se pasaba la mano por la cabeza, revolviĂ©ndose el pelo y luego miraba a Patricia que hacĂa lo mismo. Ninguno se habĂa detenido a pensar en que eran dobles.
—No puedo creerlo —dijo al fin—. ¿Qué pruebas tienes de eso que dice?
Le preguntĂł a Patricia. Esta suspirĂł y se quitĂł el gorro. Con delicadeza zafĂł un broche del interior y el forro de tela descubriĂł lo que cubrĂa: Uno de los cubos de arena.
Andi se quedĂł boquiabierto. DespuĂ©s de tanto tiempo, volvĂa a Ă©l y de esa manera. El arrepentimiento se le notaba en su cara. Solo que era demasiado orgulloso para pedir perdĂłn por sus acusaciones.
—Nunca te mentà ―le dijo Patricia―. Te presentĂ© al sindicato para que pudieras encontrar una forma de perfeccionar tu poder y usarlo para el bien. De esa manera los demás no te temerĂan. Es lo mismo que hizo Cintia por mĂ. Es algo que le agradecerĂ© siempre, Andi.
Patricia le devolvió el cubo y él lo tomó. Lo contempló durante unos instantes y de repente se lo entregó con aparente indiferencia.
—Tómalo, no lo necesito —ella lo cogió, le puso su forro y volvió a colocárselo en su cabeza.
De pronto, una turbulencia levantĂł el polvo y hojas caĂdas. El cielo comenzĂł a cubrirse de nubes. Una puerta igual a la que Cintia y Patricia cruzaron solo unos minutos atrás, comenzĂł a abrirse en un costado del patio.
—No puedo devolverles las katanas, como les dije, pero puedo decirles quién las tiene —le dijo Andi mientras las acompañaba a la salida.
En el cuarto de Pedro se veĂan cortes de papel de regalo por doquier. Niño al fin, no tenĂa mucha idea de cĂłmo envolverle las katanas a su novia. De pronto, algo le hizo girarse y mirar hacia la ventana. Del susto dejĂł caer el regalo mal envuelto al suelo y se recostĂł al escritorio.
—No te asustes —le dijo Cintia. HabĂan acordado que serĂa ella la primera en hablar, para tranquilizar al muchacho—. Nos mandĂł Andi.
—Mejor dicho —rectificĂł Patricia—, nos dijo que te encontrarĂamos aquĂ. Venimos por las katanas. No te pertenecen.
Al instante Pedro las recogiĂł del suelo y se levantĂł.
—Primero que todo, ÂżcĂłmo rayos entraron? Segundo, váyanse ya de aquĂ. No les voy a dar nada a nadie. Es un regalo para mi novia y paguĂ© por Ă©l. Váyanse de aquĂ antes que las saque yo por la fuerza.
Pedro, aunque de la misma edad de las niñas, era varón, más alto y fuerte que ellas.
—¿Vas a golpear a dos niñas indefensas? ¿Esa es la clase de hombre que eres con tu novia?
—Pedro —le dijo Cintia para calmarlo—, esas katanas fueron un regalo de un buen amigo mĂo. Como objeto, ellas no valen mucho, pero sĂ tienen gran valor para mĂ. Es el recuerdo de alguien. Por eso vengo a buscarlas. Fue un error que cayeran en tus manos.
—Lo siento por ti, niña, pero no puedo. Mañana es el cumpleaños de mi novia. Ella es fanática de la cultura japonesa, y esto le va a encantar. Asà que váyanse antes que tenga que usar la fuerza.
—SĂ, le va a encantar —lo enfrentĂł Patricia, extrajo su celular del bolsillo e hizo un selfie donde salieran los tres—, sobre todo cuando se entere que estabas con dos niñas en tu cuarto el dĂa antes de regalársela. Vuelve a amenazarnos, te reto.
La valentĂa de Pedro menguĂł e inconscientemente dio un paso atrás, dándose cuenta de su situaciĂłn.
—Es que no puedo dárselas. Es lo único que tengo. Traté de buscar algo otaku que regalarle, pero no encontré nada que me convenciera. Hasta intenté hacer un comic inspirado en ella, pero no me pareció tan bueno. Yo las entiendo a ustedes, pero compréndanme.
—Yo…
—Yo lo hago —Cintia interrumpiĂł a Patricia, antes que hiciera leña del árbol caĂdo—. Por eso te traje esto. Es muy especial para mĂ y creo que lo será para tu novia.
Cintia extrajo sus cĂłmics de la mochila y se los entregĂł a Pedro.
—Son los primeros nĂşmeros del cĂłmic nĂşmero uno de dĂłnde vengo. AĂşn no ha salido a la venta aquĂ, quizás nunca salga —Cintia mirĂł a Patricia esperando confirmaciĂłn y ella se la dio con un gesto de la cabeza—. AsĂ que tendrás, algo original, no como esas katanas de juguete. Una exclusividad que nadie podrá igualar y su eterna gratitud. No te preocupes, que a travĂ©s de Andi, te enviarĂ© los demás nĂşmeros. No se perderán nada y siempre serán un regalo Ăşnico.
Los ojos de Pedro brillaban al ver las revistas. No podĂa creerlo. DejĂł las katanas sobre su escritorio y comenzĂł a ojear los comics.
—Son reales. Nunca habĂa visto este tĂtulo.
—No, nadie los tiene. Solo tú.
—¿Y cómo…?
—No te preocupes de cómo llegaron a mis manos. Piensa en que conozco al autor. Por eso tu exclusividad. Además, si haces el trato, te ayudaremos a envolverlas.
Pedro vio los cielos abiertos. Al instante accediĂł.
—Está bien, siempre y cuando me ayuden —miró a Patricia con temor—. Y no le cuenten a nadie que estuvieron en mi cuarto.
—No te preocupes —le dijo ella y borrĂł las fotos—. De todas maneras, dudo que lo creerĂan.
Cintia le lanzĂł una mirada de desaprobaciĂłn a Patricia, pero ella la ignorĂł y le pasĂł las tijeras. Pasados unos minutos, tenĂan los comics perfectamente envueltos. Pedro irradiaba felicidad. Estaba tan impaciente por entregarlos que casi olvida devolver las katanas.
—Por favor, tomen sus katanas. Discúlpenme por haber sido tan grosero con ustedes.
—No te preocupes, con tal que no lo seas de ahora en adelante…
—Jamás. Y siempre me acordaré de ustedes, chicas. Me han salvado.
Patricia y Cintia se despidieron de Pedro y este saliĂł del cuarto a buscar una bolsa en la que se llevaran las katanas.
—¿Él no sabe nada de los otros mundos, Patricia?
—No. No se le debe decir a nadie. A no ser que trabajen juntos.
—¿Por qué me lo dijiste?
—Porque eres mi amiga. Creo que eso basta ¿no?
—SĂ, creo que sĂ.
Patricia se veĂa muy preocupada. Estaba distraĂda.
—¿Ahora qué hacemos? ¿Nos vamos a casa?
—No, no podemos. Al menos por ahora. Queda algo que hacer.
Pedro regresĂł con la bolsa y guardĂł las katanas. De paso le dio un refresco a cada una como regalo.
—Para que me recuerden —les dijo.
Patricia y Cintia se giraron hacia la ventana para irse, cuando Pedro recordĂł que no le habĂan contestado una pregunta.
—Por cierto, nunca me dijeron cĂłmo fue que entraron aquĂ.
A manera de respuesta, Cintia cruzĂł la ventana primero, luego Patricia. Una vez del otro lado, esta introdujo la cabeza al cuarto y le guiñó un ojo antes de disolverse en una sombra. Cuando Pedro se asomĂł por donde mismo habĂan desaparecido, no vio a nadie.
PasĂł mucho tiempo tratando de descifrar quĂ© habĂa sucedido. Estuvo a punto de abrir el envoltorio de los comics a ver si era realidad lo que habĂa sucedido. Lo Ăşnico que lo detuvo fue ver lo bien que estaba envuelto. Él no era capaz de hacerlo, asĂ que ellas fueron reales. ÂżCĂłmo pasĂł? Se lo preguntĂł durante toda su vida. Sobre todo, cuando miraba los comics y las recordaba.
Las niñas corrieron de su escondite hacia el patio trasero de la casa de Andi. Al llegar, frenaron su carrera al ver las tres altas figuras que tenĂan agarrados por las muñecas a Dani y Andi.
—¡Deténganse!
Gritó Cintia sin saber por qué. Los cinco se giraron sorprendidos a observar a las niñas.
—Vaya, vaya, mira lo que tenemos aquà —dijo el del medio. Un ser pálido con forma humanoide sin llegar a serlo. Su cuerpo parecĂa un globo traslĂşcido repleto de nebulosas y galaxias por dentro. Todas en constante y lento movimiento—. Cancelen la bĂşsqueda. Ya está aquĂ, y acompañada.
Dejaron a los niños y se acercaron a ellas. No caminaban, aunque tenĂan pies, sino que flotaban sobre la hierba. Se detuvieron tras ellas y con las manos les señalaron que se unieran a los chicos. Eso hicieron. Luego, se encaminaron hacia la oficina de Andi, donde se sentaron los niños frente a los seres aquellos, como si estuvieran en un juzgado.
—No voy a enumerar todo lo que han hecho mal —comenzĂł uno de aquellos seres—, porque de sobra lo saben. No les harĂ© perder su tiempo, ni el mĂo. Vamos directo al asunto en cuestiĂłn.
Cintia no se movĂa. Por alguna razĂłn sentĂa que no debĂa moverse de su puesto. Sin girarse siquiera, le susurrĂł a Patricia:
—Patri, ¿quiénes son esos tres y qué quieren de nosotros?
—Nosotros somos la direcciĂłn de lo que ustedes llaman El Sindicato —le respondiĂł el que Cintia llamĂł “Juez 1” debido a que parecĂa que los estaban juzgando. Como no sabĂa quĂ© eran, los enumeró—. Y no queremos nada de ustedes, sino de ellos —y su mano señalĂł a Andi y Patricia—. Al menos, por ahora.
—Entonces dĂ©jalos irse de una vez. No tienen por quĂ© estar aquĂ.
—Eso lo decidimos nosotros, Andi —dijo Juez 2—. Ahora, dĂgannos: ÂżPor quĂ© incumplieron sus reglas? Bien claro les dijimos que no podĂan entrar en el terreno del otro.
―Pero nunca nos dijeron la razón ―dijo Andi.
―No tenĂamos por quĂ© hacerlo ―intervino Juez 1.
―Es porque son dobles, ¿verdad? ―se arriesgó a interrumpir Cintia.
―Sà ―se resignĂł a responder Juez 2, luego de lanzarle una mirada vacĂa y tenebrosa a Cintia, retándola a que se atreviera a intervenir otra vez―. Los gemelos no pueden estar juntos en el mismo mundo. Eso trae un desbalance consigo, sobre todo si interactĂşan durante mucho tiempo. Por eso es que se debe evitar a toda costa.
—Como resultado puede haber muchas alteraciones en el multiverso —acotĂł Juez 3 dirigiĂ©ndose a donde estaban Patricia y Andi—. Ustedes sabĂan eso.
Los dos asintieron y bajaron la cabeza. Ninguno se atrevĂa a decirle que reciĂ©n lo habĂan descubierto.
—Asà me gusta. Serán irresponsables, pero saben reconocer sus errores. Ahora tienen que pagar las consecuencias. Ambos serán confinados a sus respectivos mundos.
—Y respecto a los civiles, también tenemos medidas…
Los cuatro niños se miraron asustados. SentĂan que aquel momento podrĂa ser el Ăşltimo en que se vieran. De pronto, Cintia, en contra de lo que su instinto le dictaba, se levantĂł y encarĂł a los tres seres.
—Discúlpenme un momento… Eh, ¿cómo los llamo?
—Nosotros somos…
—Como sea. El asunto es que, si el estar juntos en el mismo universo causa un desbalance, ¿por qué los mantienen en él? ¿No están propiciándolo?
Patricia la tomó por la muñeca y la halaba hacia abajo para que se sentara.
—No, humana. Esta casa está construida de manera que haga de portal —respondió Juez 1.
—Técnicamente —continuó Juez 3—, el interior está entre todos los universos.
—Fuera de ellos. Por eso no causamos disturbio alguno —terminó Juez 2.
—Entonces, esa es la soluciĂłn —declarĂł Cintia y se sentĂł mientras sonreĂa.
Patricia la miraba con los ojos abiertos, como si se la quisiera comer con ellos. No entendĂa aquella Ăşltima oraciĂłn. De hecho, nadie lo hacĂa.
—¿La solución a qué? Si se puede saber —preguntó Juez 2.
—Pues al desbalance que ustedes iban a crear.
Todos se miraron los unos a los otros a ver si alguien entendĂa aquella locura, pero ninguno fue capaz de comprender aquellas palabras, asĂ que se giraron hacia Cintia. Ella se levantĂł confiada y comenzĂł a caminar por la estancia, como mismo hacĂa su profesora mientras explicaba durante las clases.
—Es simple, caballeros. Puedo ver que nadie entiende nada de lo que sucede aquĂ. Ni siquiera ustedes se han dado cuenta —señalĂł a los del Sindicato—. Me he estado preguntando muchas cosas desde que mis katanas se perdieron y comenzĂł esta aventura. Primero ÂżquĂ© ganan ustedes con que Andi, Patri y los demás buscadores –si es que hay más–, hagan su trabajo y quiĂ©nes son El Sindicato? Muchas cosas han pasado por mi mente.
Patricia la miraba hipnotizada. Ella se habĂa preguntado todo eso durante mucho tiempo, pero sin encontrar respuesta. Al cabo de varios trabajos, se dejĂł llevar por la emociĂłn y lo dejĂł de lado. Sin embargo, Cintia decĂa haber descubierto todo en una sola tarde. “Es genial”, se decĂa, orgullosa de su amiga. Caminaba como lo hacĂan los detectives de las pelĂculas de detectives, a lo HĂ©rcules Poirot o Chevalier A. Dupin a la hora de nombrar al asesino.
—La respuesta a la que llego es simple, pero antes tengo que hacerles una pregunta para confirmar mi teorĂa: ÂżHay otros buscadores en los mundos de sus dos buscadores?
Los tres seres estaban más intrigados ante aquella insolencia, que molestos, por lo que respondieron negativamente casi al unĂsono. Cintia les dio la espalda y, con disimulo, respirĂł aliviada.
—Entonces tengo razĂłn. Primero, ustedes no pueden cerrarles los portales a mis dos socios… y antes que me interrumpan, pueden hacerlo, solo que no deben. DĂ©jenme terminar. El motivo por el cual lo digo, es que aunque ellos se dedican a buscar lo que otros pierden, la realidad es que llevan de un universo a otro, lo que estos necesitan y se llevan lo que no. Todo lo que se extravĂa, y no es reclamado en un mundo, deja de ser Ăştil en ese universo y pasa a ser necesitado en otro. Es un sistema perfecto. Como el respirar, por ejemplo. Y ustedes, los llamados “Sindicato”, son parte del multiverso este. No sĂ© de quĂ© manera, pero es lo Ăşnico que tiene sentido. ÂżCĂłmo sino, podrĂan controlar los portales y estas zonas en tierra de nadie? Si el universo sufre alteraciones, ustedes las sienten. Por eso los buscadores y la necesidad de mantener los dobles separados. Es entendible hasta ahĂ. ÂżEstoy equivocada?
Todo encaja, pensĂł Patricia, y se dio cuenta tan pronto. Aunque no entendĂa cĂłmo era posible que enfrentara a seres de otro mundo y temiera a sus inofensivas sombras. Sin embargo, tras una detenida mirada a las manos de Cintia, vio que estas temblaban de miedo. AĂşn más orgullosa estuvo de su amiga.
Andi miraba a todos lados. Nunca habĂa pensado ver al Sindicato contra la pared. Si lo que dijo Cintia era cierto, tendrĂan luz verde para actuar como quisieran. Ellos dependĂan de Ă©l y Patricia. En eso pensaba, cuando Juez 1 se levantĂł y se estirĂł a todo lo largo de su cuerpo. Los demás lo imitaron. Juntos flotaron hasta detenerse frente a Cintia, quien parecĂa que en cualquier momento se desplomarĂa por la presiĂłn.
—Tienes razĂłn, humana. Estás muy cerca de la verdad. Pero hay algo con lo que no cuentas: que nos llaman El Sindicato, y es por algo, y es que hacemos cumplir las reglas. Si nos hubieran pedido permiso para interactuar entre ustedes, es posible que se lo hubiĂ©ramos dado. Siempre y cuando midan sus acciones. Pero no. Lo hicieron sin pedirlo, y sin saber quĂ© podĂan y quĂ© no podĂan hacer. Eso puede traer consecuencias irrevertibles en ambos mundos. Aunque nos perjudique en algo, tenemos que hacer cumplir la ley y esa es que no puedes seguir ejerciendo como lo hacĂan hasta el momento. Y a ti y a Dani, les borraremos la memoria de este dĂa. Sin leyes no somos nada más que animales salvajes.
—Pero ¿Tienen a otros que hagan lo que hacemos? —preguntó Andi, asustado. Los demás se encontraban igual.
—No. Pero no quiere decir que no los haya. Solo hay que encontrarlos.
Todo parecĂa perdido. Los seres del Sindicato tomaron a Andi de la mano y lo colocaron junto a Cintia. Estos no tenĂan fuerzas para resistirse, ni para aguantar las lágrimas que comenzaron a correrles por las mejillas. Andi y Patricia lloraban igual, sin embargo, justo cuando Juez 1 y 2 pusieron sus manos sobre las cabezas de los niños para borrarles la memoria, Patricia gritĂł.
—¡Eso es! Nosotros lo haremos por ustedes.
Todos se detuvieron y miraron a la niña de las sombras, brillar como nunca de la emoción.
—¿Qué es lo que harán?
—Buscaremos a los demás buscadores de todos los mundos. Haremos segĂşn la ley, como bien dicen. No trabajaremos más como lo hemos hecho, sino que lo haremos a dĂşo, Andi y yo, juntos desde este mismo lugar, o sea, fuera de nuestros mundos. ÂżNo puede ser? No estarĂamos incumpliendo ninguna ley.
Andi se levantĂł como un resorte ante tal idea. ComprendĂa todo y sentĂa la esperanza resurgir de las cenizas.
—Y ellos serĂan nuestros reclutadores. Ya han probado su valĂa e inteligencia. Uno a travĂ©s de mucho tiempo de servicio y ella, hoy mismo. DĂganme que no están de acuerdo. Y como dice mi socia, no estarĂamos incumpliendo ninguna regla.
—Es una soluciĂłn en la que todos ganamos —concluyĂł Patricia—. PodrĂamos ajustar el desbalance causado y seguir sirviĂ©ndolos desde aquĂ. Es cierto que sin reglas no somos nada, y de incumplirlas somos culpables. Pero de los errores se aprende, y se darán cuenta que, de este error nuestro, ustedes saldrán beneficiados.
Se quedaron mirándose unos a otros durante el tiempo en que los seres del Sindicato, debatĂan telepáticamente sobre la propuesta. Sin retirar sus manos de las cabezas de Cintia y Dani.
Entonces tomaron la decisiĂłn que cambiarĂa sus vidas. Se fueron a sus asientos nuevamente. Una vez allĂ dijeron que no. Al instante, los niños vieron que, en los pálidos rostros, se dibujaba algo parecido a una sonrisa. No todo iba a ser como proponĂan. De ese momento en adelante, ellos harĂan eso: buscarĂan a los nuevos buscadores, sin embargo, no de sus mundos, sino de todos. Con eso, restaurarĂan, poco a poco, el equilibrio y de paso, entrenarĂan a los nuevos reclutas. Siempre con la asistencia de Cintia, quien aportarĂa inteligencia y rapidez mental. Y de Dani, quien, con su mente frĂa, impondrĂa la cordura y prudencia. Los dos mantendrĂan a Andi y Patricia en el buen camino.
Desde entonces, si alguien ve a los rayos del sol moverse misteriosamente, unas sombras tomar forma humana, o cambiar de forma brusca la direcciĂłn del viento, puede ser que esa persona, o ser, sea alguien especial, quien tenga en su poder, ayudar mantener el balance del universo.
PodrĂas ser tĂş.