Estamos en cuarentena, es cierto, pero eso no significa que el tiempo detenga su curso –salvo metafóricamente hablando, cuando después de un tiempo prolongado en casa, se piense que se eterniza como los barrotes de una cárcel- y la primavera, que se presentó hace unos días aprovechando un invierno menos crudo de lo habitual, nos ha sorprendido con sus caprichos y veleidades.
Nublado durante toda la mañana, poco después del mediodía las amenazantes nubes, esas mismas cuyos colores mortuorios siempre me recuerdan los colores de los cuadros de el Greco, ha dejado caer granizo sobre Madrid, dejando las aceras cubiertas de pequeñas bolitas de naftalina y un agradable olor a humedad en el ambiente.
Más tarde, como en las películas del lejano oeste donde la caballería acude en el momento en el que los sufridos indios piensan que tienen ganada la batalla a la caravana que están atacando, el sol, dulce como una cucharada de miel ha hecho acto de presencia, inundando las habitaciones de luz y haciendo bueno el refrán que dice que después de la tormenta viene siempre la calma.
Este detalle, que posiblemente cualquier otro día me hubiera parecido intranscendente, me trae a la memoria unas vacaciones de Semana Santa en Soria, donde, con éste mismo tipo de luz tan especial, que es aquélla que se desprende del sol que precede a la tormenta, las imágenes adquirían unas tonalidades tan especiales, que por muy odiosas que me parezcan las comparaciones, parecían desplegar una tonalidad con caracteres sobrenaturales, muy difícil de conseguir en un día de luz solar normal.
Recuerdo, que acuartelados en un hotel situado junto a las antiguas murallas de la villa y tierra de San Esteban de Gormaz, nuestras excursiones en busca de arte románico y pueblos pintorescos de la zona, si bien pasadas por agua, nos depararon muchos de tales momentos, hasta el punto de considerar, que después de todo, las lluvias nos había traído, también, fecundas experiencias.
Son, créanme, momentos en los que un cazador de contrastes, con el espíritu totalmente identificado con las espléndidas panorámicas que tiene al alcance de su objetivo, presiente que después de los arduos sacrificios de unas horas de lluvia persistente, ha llegado por fin a su destino, encontrando, bien ese Eldorado o ese Shangri-Lá, cuya maravillosa belleza compensa con creces todas las pasadas frustraciones.
Tal y como los pintores denominaban antiguamente, explosión de gloria a ciertos atardeceres en los que el Sol parecía deshacerse en filigranas doradas, rosadas y violáceas sobre el lienzo imaginario del horizonte, los paisajes, los pueblos y por defecto, también los monumentos, parecen revestidos de un aura de pureza tan singular, que recuerda las descripciones de luces, sitios y lugares que describen muchos enfermos que han pasado por trances cercanos a la muerte y cuyas experiencias llevan precisamente esa denominación: ECM o Experiencias Cercanas a la Muerte.
Y es que quizás tuviera razón San Pablo, cuando dijo aquello de que ‘Dios habita en una luz inaccesible que nadie puede ver’, aunque quizás habría que ponerle el añadido personal de: ‘salvo en determinadas ocasiones en las que el espíritu quizás esté predeterminado para percibirlo’.
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