Hace muchos años que los vaticinios de Orwell se cumplieron y ahora mismo, en este preciso instante, esta noche cuando nos acostemos e incluso mañana, cuando nos levantamos, seremos el clon perfecto de Winston Smith y sabremos, unos mejor que otros, que el Gran Hermano nunca ha dejado de vigilarnos.
Quizás no lo haga como lo hacía en los tiempos en los que a Winston Smith le martirizaba una úlcera de varices que con sólo treinta y nueve años, tenía por encima de su tobillo derecho, utilizando en su rostro ese efecto de mirada persecutoria que ya pusiera de manifiesto Leonardo Da Vinci en la práctica totalidad de sus modelos, salvo que no te cruces involuntariamente -¿será esto, la involuntariedad, una falacia que llegará a alcanzar las dimensiones imposibles de la Utopía de Tomás Moro?- con el último anuncio de Löewe y piense, con la misma ingenuidad del que tiene hambre y con pan sueña, que es tan atractivo, que hasta las modelos de los anuncios no pueden evitar seguirle con la mirada.
Narcisismos aparte, lo que es un hecho evidente –dejando aparte a los amantes de las teorías de la conspiración, que denuncian el uso de tecnología extraterrestre por parte de los gobiernos, para mantener un estricto control sobre los ciudadanos- es que, si en los tiempos de Orwell el Gran Hermano usurpó el trono de Dios, hoy en día también aquél ha sido derrocado por un ente mucho más sigiloso, siniestro, egocéntrico y letal, llamado, superlativamente, Big Data.
La religión del Big Data, como la Iglesia de Dios o las sofisticadas chekas socialistas del Gran Hermano, cuentan con un complejo entramado piramidal, donde las figuras de los arcángeles, de los serafines, de las potestades o de los comisarios del pueblo, para el pueblo y por el pueblo se ven reemplazadas por expertos analistas de última generación, que cómodamente sentados frente a la consola de su ordenador, son capaces de manejar millones de toneladas de bits de información en cuestión de segundos.
Lo cual quiere decir, que no sólo te controlan a través de algo tan imprescindible hoy en día, como es tu teléfono móvil, sino que además de saber dónde vives, dónde trabajas, con quién andas y de qué color llevas tu ropa interior, saben, también, cómo atraer tu atención y cómo hacerte caer en el pecado de la tentación.
Sobre todo, en las calles más céntricas, siempre repletas de ciudadanos onerosos y turistas emocionalmente despiertos, son, comparativamente hablando, como el Londres de los años cuarenta del pasado siglo XX: focos de un bombardeo continuado, preciso y letal, en el que incluso el subliminal ángel de la guarda ha dejado de ser prudente, para convertirse en demonio tentador, que te alienta a consumir, conociéndote, como te conoce, poniéndote frente a la disyuntiva de diferentes trampas visuales, sabiendo que tarde o temprano, alguna de ellas se convertiré en la manzana que has de morder.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y están sujetos a mis derechos de autor.