Hay lugares, que todavía conservan parte de su grandiosa esencia, a pesar del transcurrir inexorable del tiempo y de ciertas vicisitudes desafortunadas, donde la mano del hombre suele ser siempre el peor de los verdugos.
Uno de tales lugares, se localiza en el pequeño pueblecito lucense de Bóveda, situado muy cerca de la capital y a la vera de ese Camino de las Estrellas, que se dirige hacia Santiago de Compostela.
De hecho, Bóveda, como Bacurin y otros pequeños asentamientos de alrededor, forman parte de un reducido camino cultural, que lleva el nombre de Viejo Lugo Agrario.
Este lugar del que hablo, tuvo en sus orígenes un Ninfeo, un santuario dedicado a las Ninfas, que hacía las veces de sanatorio –los pacientes recibían sesiones terapéuticas a través del agua, la interpretación de los sueños, etc, aunque a menor escala, lógicamente, de lo que se hacía en grandes santuarios, como el de Delfos- en aquellos tiempos en los que todavía los romanos dominaban la Península Ibérica, que curiosamente, no fue destruido por los evangelizadores cristianos, por algún motivo que se desconoce, construyéndose una iglesia encima.
El problema vino en tiempos modernos, cuando unos inexpertos obreros de la construcción echaron a perder, ignorantes de lo que tenían entre manos, una maravilla que incluso el tiempo preservado hasta entonces, haciendo bueno el refrán de que cuando el demonio no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas.
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