Magonia, como todos los universos callejeros dignos de imaginación, puede decirse, acogiéndonos, por supuesto, a las licencias que otorga una disciplina tan bella y permisiva como es la Literatura, que está a la vuelta de cualquier esquina.
Bajo esa perspectiva, resulta lícito suponer, al menos en lo que a mí concierne, habitante de una ciudad con el encanto de Madrid, tiene como aliciente que acuse la sensación de imaginarme que también habito en otro mundo, incognoscible y paralelo, que bien merece el apelativo de Magonia, que en su día le otorgara el ingeniero francés Jacques Vallée cuando hablaba de aquello que C.G. Jung definió como cosas que se ven en el cielo.
Hagan la prueba en su ciudad y verán que es real; plántense, digamos, en el centro de una Plaza Mayor y elijan cualquiera de los cuatro arcos que se abren a los cuatro puntos cardinales y una vez elegido, caminen despacio hacia él y verán que el panorama va cambiando, que el arco es un portal a otro mundo, en el que a medida que penetran, sienten, entre los claroscuros que lo delimitan, el curioso efecto arcoíris de las tonalidades de la luz o incluso el tráfico y la gente con la que se cruzan, son lo más parecido a estar en un país desconocido, frente al que se encuentran deslumbrados sin haber salido, al fin y al cabo, de algo tan obtuso como es la cotidianidad.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.