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El tiempo estaba encapotado y no se veía un alma en la calle. Estuve un rato en la plaza.
¡Los sauces, al compás del viento, le daban un aspecto lúgubre. Solo escuchaba entrecortados y tétricos sonidos emitidos por raras aves. Ni una voz humana. La soledad era total.
¡Muy a mi pesar, decidí regresar a la posada y entrar, pues el portón estaba medio abierto. No encontré a los encargados del lugar y, como después observé, los demás huéspedes se habían marchado.
¡Cuando comenzó a oscurecer y traté de encender una lámpara me fijé que no había energía eléctrica. Entonces me senté en la sala donde estuve esperando el arribo de algún ser humano mientras se consumía la única vela que había en todo el caserón, pero nadie llegó.
¡Deambulé hasta la medianoche por los diferentes ambientes de la posada y escuché disimiles ruidos, incluidos los de las aves de canto entrecortado que estaban en la plaza.
¡Comencé a sentir miedo, pues todo era singular y misterioso; y por ello decidí encerrarme en mi habitación, después de revisarla con la escasa luz de los fosforos que estaban junto a la vela.
¡Cerré bien la puerta y la presioné con una pequeña poltrona y con la pesada mesa de noche, para dificultar de esa manera la entrada de algún atacante; visita la cual ya estimaba como segura e inevitable.
¡La noche transcurrió sombría, siniestra y particularmente incomoda, aumentaron los macabros ruidos y no pude ir al baño común de la casa. Las campanadas que daba el viejo reloj parecían interminables y con la llegada de aves nocturnas, aumentó el sombrío coro de animales agoreros.
¡Pasé mucho tiempo inmóvil, alerta, presto para correr sin saber hacia dónde y rogando que amaneciera de una vez por todas; hasta que escuché un fuerte ruido, esta vez dentro de mi propia habitación.
¡Me armé de valor y grité para advertir que no estaba dormido, sino decidido a defenderme de cualquier agresión. Esperaba un inminente ataque por cualquier ángulo del oscuro cuarto, incluso desde el techo, pues por la altura no había podido revisar bien su estructura de madera.
¡¿Estaría el atacante agazapado en una de las vigas? ¿O detrás del copete de la cama?
¡Pasaron unos minutos, horas en sepulcral silencio y de pronto, un estridente sonido provino de la butaca que reforzaba la seguridad de la puerta.
¡-Si es uno solo, está exactamente frente a mí –me dije.
¡Bajé de la cama y me coloqué listo para la contienda, en el sitio del cual había movido la mesa de noche; aunque luego me aparté un poco, por si acaso el agresor venía por debajo de la cama.
¡A todas estas, al misterio de la noche se agregaron fuertes relámpagos y truenos. Con cada relámpago me parecía ver a mi atacante frente a mí, en el techo, en la ventana, sentado en la butaca y hasta en la cama.
¡El reforzado concierto de aves fue sustituido por los enigmáticos sonidos de un viento huracanado, que se colaba por los resquicios de mi celda-habitación.
¡Luego por tercera vez se manifestó mi visitante y percibí angustiado que nos encontrábamos frente a frente.
¡En eso, un fuerte relámpago me permitió ver que era el gato.