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Entonces la anciana se sentó dispuesta a hallar una explicación.
Había seis velas negras, una en cada punta de la estrella dibujada en la madera, y tres objetos personales de la niña desaparecida, una diadema, una muñeca de trapo y su libro de cuentos favorito.
Era uno de esos días en que uno no sabe si está amaneciendo o anocheciendo. La vieja inició el ritual murmurando para sí.
Yo estaba en la entrada de la casa, la que está detrás de la iglesia, cuando entró el padre de la madre de la niña desaparecida.
Pasó delante de mí sin saludar y se fue directo a la cocina, se sirvió un whisky con hielo y dio un buen trago sin apenas arrugar el semblante. Tenía los ojos cristalinos con las pupilas dilatadas a causa de la cocaína. Sentí como mi desprecio por él crecía aún más. Después se dirigió al salón y se puso a barajar las cartas.
Escuché los pequeños pasos de la niña corriendo por la casa.
La vieja continuaba con su letanía con los ojos cerrados y no la había visto aún.
O puede que la niña no quisiera que la viera nadie más que yo. Vestía un lindo vestidito celeste y llevaba su pajizo pelo amarrado en dos trenzas que le caían sobre los pequeños hombros. Aunque iba descalza, la pude oír correteando por el pasillo hacía el porche.
Al verme, alzó sus transparentes bracitos con una sonrisa un su rostro de porcelana. La levanté y a pesar de su traslucidez pesaba lo mismo como cuando la mecía para que se durmiera en mis brazos.
La llevé junto a su abuelo que ahora jugaba al solitario y percibí el olor a amoniaco que desprendía su ajado cuerpo.
–Yo sé la verdad –me dijo al oído–. Yo sé lo que realmente pasó.
La senté junto al viejo cocainómano, pero él no la veía o no quería verla.
–Yo sé lo que pasó. Yo sé toda la verdad –y la niña me abrazó más fuerte–. Pronto se sabrá –me susurró.