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A ambos les había parecido una buena idea experimentar esa noche en el apartamento con algo que nunca se habían atrevido.
El efecto del alucinógeno para ambos fue disímil, breve pero feliz para él, mientras que la de ella fue extensa y terrorífica.
El viaje duró poco tiempo en él, los últimos colores que percibía a velocidad ultrasónica envolvían todos sus sentidos y cada poros de su piel parecía un terminal nervioso que se erizaba ante la experiencia de la tormenta lumínica donde era un viajero en el arcoiris extraño que no solo cubría el cielo sino también toda la ciudad.
Ella, mientras tanto luchaba encarnizadamente contra líquidos corrosivos que iban desgarrando su piel y transformaban su rostro en una máscara monstruosa. Contra el horror de estar sumergida en un lugar donde no podía escapar, aunque intentara rebelarse.
Pasados los minutos y el efecto en él, este pudo levantarse del suelo, donde ambos, como fardos se encontraban tirados y los gritos de dolor de ella lo llevaron a acercarse y tratar de ayudarla en su lucha contra la irrealidad.
Con voz amorosa y suave le dijo.
-Ya está todo bien, es solo una alucinación. –le susurró al oido mientras le acariciaba el cabello.
Pero ella no regresaba del lugar donde estaba atrapada.
-Mi cara está derritiéndose. ¿Es que no lo ves? Soy un monstruo.- gritó desesperada zafándose de sus caricias.
En su voz podía sentirse un intenso dolor.
Entendió que no sería suficiente sus explicaciones y el tratar de convencerla que era solo un efecto de la droga y buscó un espejo para confrontar la imagen que se reflejaría en ella con lo que pensaba estaba ocurriendo.
Se lo coloco frente a la cara y le dijo.
-Mírate, tu rostro sigue siendo bello mi amor, no eres un monstruo.
Dado su minuciosidad al verse y que acalló sus gritos de dolor, pensó que se le pasaría y fue hasta la cocina a preparar un remedio casero que un amigo le había recomendado para los malos efectos del alucinógeno, pencas de sábila licuadas.
Ella, inmersa aun en ese mundo irreal pero muy existente para ella, con el espejo en sus manos se miró lentamente y pudo ver como la piel se transformaba en un, liquido viscoso que chorreaba hasta su cuello.
Entonces, como una llamarada llegó a su cerebro la solución para escapar del horror donde se encontraba.
Se levantó tambaleante del suelo y como atleta que va tras la medalla en alguna competencia, corrió velozmente hasta el balcón y sin titubear se lanzó al vacío.
Mientras caía desde el décimo pisó sintió que el frio de la noche le devolvía la tersura a su rostro y sonrió antes de perder el conocimiento.