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Ella no podía creerlo, él había logrado quitarle su estado Zen.
El hombre del subterráneo se acercaba rápidamente a través del tumulto y ella solo reaccionó caminando de espaldas para seguir manteniendo los diez metros que los separaban, como si ambos tuvieran imanes solamente con polos positivos.
Sintió el borde de la fosa donde corrían los rieles, mientras la fuerte brisa le desordenaba los cabellos y la inercia se la tragaba.
Intentó escapar de las cuchillas del tren, aferrándose a una fina bufanda entre el mar de ropas y accesorios pero esta escuálida bufanda no la pudo salvar de su fatal destino.
El tren desguazaba su cuerpo con la destreza de un carnicero y cada pedazo fue desapareciendo en su trayecto como si la engullera un tiburón blanco.
Cuando llegaron las autoridades a levantar sus restos, solo pudieron hallar uno que les recordaba su humanidad: Entre colores carmesí y cabellos rubios tostados se podían distinguir unos bellos ojos marrones entornados mirando al infinito, con la paz de los inanimados. Con la paz que emana de un lago en reposo.
Había preferido morir antes que permitir que su anterior esposo, recién salido de la cárcel, pudiera explicarle las razones por las cuales asesinó a su amiga y amante.
En uno de los bolsillos de su abrigo se encontraba una nota.
"Deseo verte, no te he olvidado, quiero que me perdones por haberte engañado"
El perdón para muchos es una carga muy pesada.