Tres amigos llegan a la estación del tren, andan tan borrachos que se sientan en un banco cercano a la llegada del tren y se quedan dormidos.
El pito del tren los despierta e intentan levantarse pero no pueden.
El tumulto de personas de quienes reciben a los recién llegados y los que despiden a los que se van llena la estación.
Pero pasados quince minutos ya todo está en calma, pero los tres amigos no han podido levantarse, a pesar que lo han intentado.
Un buen samaritano que tiene rato observándolos se acerca a donde están ellos.
El tren emite el pito que alerta que está pronto a partir, por lo que el hombre sin pensarlo toma a uno de los amigos, se lo lleva tambaleando, lo mete en el tren y sienta en el primer asiento libre que ve.
Repite la operación con el segundo y cuando sale a buscar el tercero, el tren arranca.
Se lamenta de no haber podido terminar su labor, va al cafetín busca un café y se sienta al lado del amigo que se quedó con la intención de consolarlo.
Pasada media hora, el borracho ya se encuentra mejor, aunque sigue sin fuerzas para levantarse y el buen samaritano le dice.
-Discúlpeme por no haberlo podido montar en el tren con sus amigos, pero no me dio tiempo.
El hombre lo mira extrañado y le responde.
-Con quien tendrá que disculparse es con ellos porque yo era el que iba a viajar, ellos vinieron a despedirme.