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El muchacho de ojos azules

jtk1(64)
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Cervantes
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El muchacho de ojos azules hizo su juego de rutina con el hambre de las gallinas. Sus padres pueblerinos le inventaron el juego macabro: atormentar al gallinero.

Se montaba en su bicicleta y jalaba un trozo de comida con un pedazo de cabuya, y detrás, ellas corrían. Se alegraba manejando la bicicleta y corría más que las hambrientas gallinas. Eran algunas 100 aves cacareando, agitadas, con los picos abiertos suplicantes de agua y un poco de comida.

Corrían desesperadas, obstinadas. Y sus lenguas andaban secas como un desierto. Sentían adentro de sus picos como un sol que calcinaba sus gargantas. Se ponía inclemente la sed y sumaba más dolor a la tortura de la carrera.

Las emplumadas parecían sospechar que eran engañadas al correr detrás del trozo de comida jalada por el muchacho de ojos azules. Era un simple juego para su diversión infantil. Y esa carrera duraba más de un día; sumaba muchos días; incluso, los días se convertían en semanas. Eso pasaba ante la mirada de los inventores del juego: sus padres poderosos, cómplices y complacientes. Eran los dueños del valle.

El papá diseñó el juego doloroso que, incluso, arrancaba copioso sudor que mojaba las plumas de las gallinas. Pero todos se divertían. El jovencito se carcajeaba a mandíbula suelta. Era una burla colectiva. Los padres disfrutaban y aplaudían.

En verdad el juego era sencillo: un trocito de comida (pellejo cocido) que amarraba a la punta de una cabuya sujetada en su bicicleta. Y las gallinas tenían a diario una carrera, sin fin, detrás de la bicicleta. Esa carrera siniestra ocurría en el patio de la mansión.

El muchacho de ojos azules disfrutaba molestando a las gallinas.

Finalmente, al transcurrir el tiempo, las gallinas se pusieron de mal humor. Hasta que llegó el día que el muchacho con su bicicleta tropezó con una piedra y cayó al suelo. Quedó inconsciente. Las gallinas vieron la mejor oportunidad para dar un pequeño susto al joven verdugo. Todas las gallinas se le acercaron en manada rabiosa como aves de rapiña. Hicieron una cayapa gallinera.

El inventor del juego y su mujer salieron a toda prisa. Ya era muy tarde. Encontraron al muchacho en el suelo con la mirada apagada y descolorida: las gallinas le picotearon todo el azul de los ojos.