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Era un retrato rico en detalles, en contrastes: un verdadero misterio de luces y sombras haciendo la dimensión tercera de la creación.
Sus cabellos ambarinos parecían levitar en el aire, casi se podía oír la brisa que los mecía incesantemente.
Tuvo que contenerse para no tocar la pintura fresca y constatar que no era su propio rostro inmortalizado, sino una pintura lo que veía.
La belleza del cuadro era sin par. Pero si algo lo contrarió; más que el hecho de que fuera pintado por un hombre ciego y condenado, fue la mirada que este plasmó a sus pupilas.
Sus ojos abiertos, redondos, con una expresión de ensoñación impura, le hablaban de un pensamiento profundo y no aquel simple pensamiento referente a la ambigüedad del recinto y a la ironía de sus colores, en el cual se había adormecido minutos antes.
Ni él mismo, mirando su imagen en óleo, habría vislumbrado qué estaba pensando el retrato.
Intentó indagar sobre su propia mente si en algún momento habría tenido un pensamiento semejante al que tenía el retrato en sus ojos, pero se constató inmaculado ante semejante revelación.
La mirada lo hacía apetecible, como el árbol del edén, como si el mismo pecado estuviera en él haciéndole pieza de riñas entre los dos poderosos; apetecible como lo era para él ese don del libre albedrío, ese juicio del pintor que lo había cautivado...
Aquel cuadro lo hacía un impúdico narciso admirándose a sí mismo y deseando poseerse: no siendo lo que era, sino copiando aquella alma del retrato.
Cuando buscó al pintor para que aclarará el por qué había pintado aquella animadversión de su espíritu, cómo había plasmado aquella rebelión de su naturaleza pura, lo halló distante.
Estaba de rodillas, con la cara sumergida sobre las flores. Parecía beber de su néctar como un enorme colibrí humano. La maraña de cabellos oscuros caía sobre los hombros del humano dándole un aspecto de bohemio estancado en esta era.
Los rayos de sol le bañaban la musculatura definida (se había quitado la franelilla); brillaba por el sudor en la espalda amplia.
El pintor volteó y lo miró, esta vez fijamente, y sonrió con picardía. No cabía duda de que lo miraba a él, esta vez no lo imaginaba, aunque no podía saber en qué sitió exactamente se hallaba.
Luego se desmayó y su corazón dejó de latir, dejándolo con miles de dudas y preguntas.