This content was muted by Cervantes moderators for not following community guidelines.
La ventana de mi habitación da a un callejón sin salida.
La luz de una farola la ilumina por la noche haciendo que sea más relajante dormir. Una semana estuvo fundida y tuve que dormir con la lamparita del escritorio encendida para conciliar el sueño.
Una noche, a principios de agosto, dejé la ventana abierta para que entrara el poco aire que había. No me fue fácil pegar ojo, pero algo llamó mi atención, el sonido de un resoplido.
Me incorporé sobresaltado. Miré el reloj, eran las tres de la mañana.
Lo que me pareció un resoplido era en realidad el relincho de un caballo. Después oí los cascos que se acercaban desde la calle principal y de pronto vi aparecer la silueta de un hombre montado a caballo por delante de mi ventana.
Llevaba lo que parecía una capa con capucha. Iba a paso lento. A los pocos segundos la silueta de otro jinete, igualmente vestido, siguió al primero de la misma manera, lentamente hasta que desaparecieron de mi campo visual.
Los cascos y los relinchos de las bestias resonaban en el callejón tanto que parecía que estaban dentro de la habitación. Estaba paralizado.
Después pasó un perro negro inusualmente grande. Hizo ese peculiar sonido entre aullido y lamento. Sentí como unas gotas de sudor me bajaban por la espalda y el pecho. Un último quejido canino hizo eco en el callejón y todo se quedó en silencio.
El mundo volvió a respirar y las cortinas se hincharon un poco dejando pasar una pequeña brisa que llegó hasta mí haciendo que se me pusiera la piel de gallina.
Antes de que pudiera reaccionar, mi hermana pequeña entró corriendo a mi habitación, se lanzó a mi cama y me abrazó. Estaba fría.
-¡Hermano!– me dijo– Un señor con cara de hueso me está llamando desde la ventana.
Nuestras habitaciones están en el tercer piso de un viejo edificio de un barrio aún más antiguo.
Mi hermana tenía siete años cuando falleció el verano pasado.