Fue la primera vez que la vio llorar. Sólo llegar un segundo antes evitaba la tragedia, tan ajena desde siempre y ahora, volitivamente, tan suya; el cansancio, efervesciendo en el aire y mientras las nubes paseaban por colores nobles, adornando esa tarde incierta de climas inquietos.
El desconsuelo difuminaba su rostro; desdibujaba cada facción disponible a sus ojos, en esos encuentros cautivos que el deseo y su mente propiciaron a través de los sueños con los que huyó con su realidad infame. En su lugar, permanecía atento, resignado a saber de lágrimas pertenecían a alguien que aunque ya no estuviera, sería su incondicional rival, como siempre lo fue.
Como flores, el lamento retoñaba en los rincones. Por más que lo aceptara, ya para ella todo perdía sentido; él desde su asiento, deseaba con fuerzas estar en el lugar del otro, poseído por la envidia que genera lo no correspondido; estaba vivo, mas, sentía su forma de escape a lo que pudo ser su culpa y no fue, pues, no llegar a tiempo lo dejó allí, sin su vida, que era ella; siempre feliz, amando y amada, dando paso a esta real tragedia que la ponía en evidencia perenne ante aquella mirada de amor devastado, que nunca se perdonó ser causante del dolor de ese primer llanto, por aquel segundo tardío que lo condenaba