Ya pocos son los recuerdos de aquel amor loco que juraba sería el de mi vida, el que irrumpió sorprendiéndome cuando el silencio se hacía compañero frecuente de mis días.
Aquel que tuvo el ímpetu de darme fuerzas cuando la desesperanza amenazaba con tomar todos los rincones del alma, para transformar en duelo un forzado amor de juventud.
Ya poco queda de quien fui en ese entonces, solo la ingenuidad se salvó del naufragio, lo demás murió con el dolor y el abandono, inconmensurables momentos que los conticinios fueron borrando, amnesia del orate que regresa a la mesura.
Fui una hoja en la tormenta, marioneta que representó tan bien su papel que nunca supo que era un artista invitado del espectáculo, solo con el tiempo entendió que encarnó solo una circunstancia, una balsa para un gran escape.
Ya poco queda de esos momentos en que mi esencia se hizo palpable, bajando los férreos escudos que la defendían de la maldad de quienes hacen de los afectos, proyectiles que devastan la raíz de los sentimientos.
Instantes que marcaron años importantes en los cuales aprendí que el amor no siempre es de dos y que las compañías no son en realidad quienes te acompañan, sino quienes se encuentran contigo por razones tan diversas que casi nunca coinciden con las tuyas.
Ya nada queda de ese tiempo en el cual creí haber conseguido la panacea de la felicidad, sin entender que la misma no está suscrita a depender afectivamente de alguien, sino de ser libre para sentir y que la locura no necesariamente es la razón de la cordura sino un estado inconsciente en el cual, como masoquistas irracionales, nos flagelamos creyendo conseguir placer en el dolor.
No existen ruinas solo olvidos, vacíos en la memoria, océanos de áridos espacios en el hipocampo de mi cerebro, la nada que antecede al misterio de saber que algo hubo pero que a pesar de existir no sobrevivió.
Poco queda, papeles firmados, fotografías borrosas, versos parpadeantes, descendencia que prueba que algo ocurrió entre los dos, años que murieron en el calendario junto al litost que sentí en algún momento después que te marchaste.
Ya no soy quien te amó, ni siquiera me acuerdo haberlo hecho, nací después que la soledad y la muerte me propusieron hacer un trio en que casi sucumbo, pero salí triunfante y regresé a lo más primario de mis raíces, donde la hipofrenia a veces me visita, donde soy libre a pesar de amar, donde puedo divagar sin parecer loco y la efervescencia de mi inspiración domina mis locuras.
Ya no soy la hoja sino la tormenta, aprendí que para que el amor funcione no solo hace falta amar y que solo cuando dos pueden ser uno están destinados a ver la eternidad juntos.
Ya nada queda de ese amor toxico que nunca debió existir.