Un fin de semana, mi tía en una de sus visitas le propuso a mamá.
-Voy a llevarme a Paulito al cine.
Muy responsable y de carácter fuerte, no hubo excusas para la negación y junto a mi primo viajamos en el auto ultimo modelo de su madre a descubrir algo nuevo para mí.
Para no quedar mal nunca comenté que era la primera vez que vivía una aventura de esas.
Por lo que mi corazón e imaginación volaban desbocadamente, inventándome un perfil de lo que podría ser una sala de cine.
En la televisión, viendo una película de terror, una noche en la que mis padres me habían dejado en casa de mi otra tía, aparecía un vampiro en plena película y se chupaba la sangre de los espectadores en la sala, por lo que la palabra cine, para mí, evocaba cosas atroces que me tenían la piel de gallina, pero que extrañamente no habían producido mi negativa.
Desde ese instante me he dado cuenta que soy un osado y atrevido niño.
La larga cola para adquirir entradas dio tiempo para relajarme un poco.
-¿Vienes mucho al cine?. -le pregunté a mi primo
-Sí, dos veces por mes.
Eso me confirmaba que los vampiros no entraban en todas las salas de cine.
-¿Y tu?. -me pregunta.
Utilizo mi agilidad mental para salir del aprieto.
-No, pocas veces.
-¿Por qué?
-No me gusta mucho el cine, me parece mejor la televisión y los videos juegos.
-No es igual, el cine es diferente, además, es una buena oportunidad para comer palomitas de maíz.
Quien me viera debatiendo diría que era todo un conocedor, pero solo era un farsante.
-También las venden para el microondas, nada más sabroso que la propia cama.
La tía vino a salvarme de la interpelación.
-Vayamos a comprar algo para comer y un refresco, y recuerden no botar los papeles ni vasos en el piso.
Como legionarios del ejercito de liberación hicimos lo propuesto.
Una larga fila de cómodas sillas, en un espacio pequeño, conformaba la moderna sala de cine del recién inaugurado centro comercial.
El frío penetraba por la ropa y me hacia temblar.
Subimos como hasta la mitad y esperamos.
La luz se fue apagando, al mismo tiempo que cortos de propaganda y de próximas películas rodaban por la pantalla.
Mientras la función transcurría se me ocurrió lanzar un maíz quemado hacia abajo, pero la cara que puso mi tía cuando levanté la mano, me hizo desistir del intento.
Las imágenes nítidas y el volumen de los altavoces eran sorprendentes.
Por lo demás me sentía aburrido como una ostra.
La selección no pareció ser la mejor para mí, ya que era en un idioma diferente al mío, y las letras blancas que pasaban por debajo, iban tan rápidas que a los pocos minutos mi vista se negó a seguir leyéndolas.
Por lo que me conformé con ver las imágenes y la cara de embeleso de mi primo leyendo las letras, pero olvidando por completo las imágenes.
¿Qué podría decir de la película más tarde?
Cuando la rebeldía se apoderaba de mí y estaba dispuesto a recibir el castigo de mi tía por desobedecerla, el fin vino al rescate.
¿De ella o de mí?
Bajamos las escaleras y como buenos ciudadanos tiramos nuestros desperdicios al bote de la basura.
Pero pocos fuimos los que hicimos esto.
La alfombra del lugar parecía zona de guerra, donde los desperdicios fueron los proyectiles.
La educación, en ocasiones, parece estár fuera del alcance de los adultos para que se la trasmitan a los pequeños y uno de los problemas del mundo lo es hoy la basura.
Agradecí a mi tía la reprimenda por la acción abortada antes, pero la anoté en mi libro para escondérmele la próxima vez que vaya al cine.
Porque mi primo podrá haber ido muchas veces, pero si estas son como la de ahora, cuando crezca sufrirá de problemas de la vista, a causa de esto.
¿No existen películas en nuestro idioma o traducidas para llevar a los pequeños?
Tal vez los vampiros le chupan la sangre a los padres que hacen lo que mi tía acaba de hacer con nosotros.