Nunca conoció su nombre real, fue siempre una interrogante que noche tras noche eclipsó la cordura y se internó en caminos que no conocían de normalidad o de fantasía.
La conoció cuando fastidiado de la rutina se fue a tomar una cerveza en un bar.
Ella llegó a su mesa con cara sonriente, él le pidió la bebida y le pidió que se sentara a acompañarlo.
-Solo dos minutos – le dijo mirando de reojo a la barra- No nos dejan sentarnos a hablar con los clientes.
Detrás de ese ropaje escaso y de la piel que atraía una caricia, como las olas que se doblegan al encanto de la luna, pudo ver a alguien que interpretaba un papel pero no era su esencia.
-¿Qué debo hacer para hablar más tiempo contigo? -Le preguntó.
-Debes alquilar un cuarto.
En ese momento su economía no alcanzaba para mucho, de tal manera que se conformó con mirarla mientras le traía las bebidas.
Era un lugar de esos pasados de moda, donde una rocola, sobreviviente de mejores épocas y alterada por algún curioso técnico para que sonara Cd en lugar de discos de acetato de 45 revoluciones por minutos, trataba de ocultar con su música el bullicio de las personas y los tonos altisonantes de los borrachos.
A medianoche, como el cuento de la cenicienta, salió de allí, no sin antes preguntarle cómo se llamaba.
Caminó por las calles, tenía poco tiempo en esa ciudad, huyó de la suya para olvidar los dolores que en ella dejó, para comenzar desde cero, aunque sabía que era imposible porque el cerebro no es un chip que se pueda borrar.
Estaba seguro que Sara, nombre que le dio la chica, era una prisionera más de las que llegan y son atrapadas como moscas por esos vampiros cuyos tentáculos se expanden por los lugares donde estudian, trabajan o asisten y como encantadores de serpientes logran convencerlas de una vida prospera y fácil con poco esfuerzo.
Esa semana solo pensó en ella, en esa oscuridad radiante que lo atrapó con solo unas palabras y el fin de semana decidió ir hasta el bar y alquilar un cuarto, no para desnudarle el cuerpo sino para tratar de llegar a su alma.
Así lo hizo y ella, sorprendida ante la acción de encontrar en esa selva de fieras a alguien que no deseaba su cuerpo joven y atractivo lo observó como el paleontólogo que estudia una momia egipcia recién desenterrada.
Se acostó en la cama a su lado, él se impregnó de la mezcla del olor de perfume barato y humo de cigarrillo.
Nunca ha sido cliente de una prostituta, siempre le ha parecido que el sexo comprado es como una inyección letal de alucinógenos, nada real todo fingido y al final solo quedan huellas de soledad y decadencia.
Tal como lo imaginó, pagaba sus estudios vendiendo su cuerpo, había quedado atrapada en ese mundo tras la enfermedad de su madre, que vivía en un lejano pueblo y necesitó dinero para los gastos médicos que lograron salvarla.
Ahora paga, tan lentamente como el usurero que le prestó el dinero le descuenta con altos intereses de ganancias.
En el fondo de sus ojos puede notar la tristeza y desesperanza, es una mariposa atrapada que no puede mover sus alas para volar y explorar el mundo.
Todos los fines de semana se encerraba varias horas con en el cuarto, miraban el techo y hablaban de muchas cosas, de la vida, el futuro, los sueños, eran un par de locos encerrados en la habitación de un bar para quienes el sexo no era importante.
Tal como lo deseaba, fue quitando prenda por prenda de la armadura que protegía la esencia pura de su alma.
Ella como toda una stripper fue dejando caer cada prenda de ropa y deshaciéndose del maquillaje y tal como lo imaginó mostró su luz, el encanto de la ingenuidad escondida para no ser presa de los lobos.
No quiso quedarse inerte ante el vil asesinato de los sueños de ella y un día en un acto de osadía se enfrentó al proxeneta que la tenía atrapada y ofreció pagarle lo que ella le debía para que la dejara ir.
Como todo una lombriz se sonrió y el respondió.
-Si lo deseas hazlo pero a ella le gusta su trabajo.
No le dio un golpe porque eso rompería el trato.
Esa noche le preguntó a ella.
-¿Qué harías si pudieras ser libre de la deuda? ¿Seguirías trabajando aquí?
Lo miró, con ojos de desengaño, de fiera asediada y le respondió.
-Me duele que digas eso, cuando te he mostrado más de lo que cualquiera sabe, cuando has sido un oasis en el desierto. ¿Crees que me gusta vender mi cuerpo?
Entendió que la había herido con la duda, se disculpó, al final ella se puso de nuevo la armadura y él entendió que era el fin, que hacían falta cambios.
Pagó lo acordado para que la dejaran libre, le dejó una nota a ella y se fue a otra ciudad.