El lenguaje corporal y gesticular acompañado de la intuición y los instintos maternales sin dudas me fue muy beneficioso en los primeros meses de vida, me brindó una comunicación bilateral que fue llenando los vacíos que necesitaba pero con el tiempo fue insuficiente para acoplarme con el resto de los humanos, incluidos mis padres.
Los balbuceos y mi inconfundible vocabulario de dos tonos comenzó a fallar y mi conexión a romperse y aunque mi risa siempre era interpretada como alegría, mi llanto en cambio tomó muchas interpretaciones y terminó siendo mas que un beneficio un martirio.
Llorar era tener hambre en mis primeros días y los posteriores también, pero igual sentir algún dolor o desear algo que no fuera comida, por lo que en muchas oportunidades el biberón o el pezón de mi madre estuvieron en el sitio no indicado y mi frustración también en muchos casos hizo que utilizara mis encías para rechazarlos.
Supongo que muchos adultos envidiarían mi acceso directo a esos bien proporcionados pechos de mi madre, sobre todo mi padre quien a causa de su trabajo y de mi reloj biológico muy bien entonado tuvo que mudarse de cuarto mientras tanto, ya que mis alaridos eran de feria a la hora que me tocaba llenar mi pequeño estomago.
Siempre he considerado patéticas las muecas que emplean los adultos para decirnos algo a los niños, mas aun las que utilizan en el momento en que desean que aprendamos algo, sobre todo a la hora de enseñarnos a decir alguna palabra.
-Pequeñín, di ma… má – colocando los labios como si de algún pico de pato se tratara.
Considero que he sido precoz para muchas cosas sobre todo para la burla y me quedaba mirando con cara de perro y colocaba los labios de la misma manera y como si fuera una trama de suspenso quien me decía la palabra se quedaba en posición de espera, pero solo recibía de mi garganta un pequeño balbuceo,
Mas que impotencia lo hacia por venganza, aunque para ese entonces de verdad no podía decir nada mas que esos pequeños sonidos guturales que salían de mis cuerdas vocales.
Tal vez soy uno de los pocos niños que aprendieron primero a caminar que a hablar, pero son circunstancias de prioridades y me hizo falta primero dar pasos dado los golpes recibidos.
La cárcel del corral sirvió para que mi mamá nuevamente se sumara a sus tareas habituales y contrató a una niñera en una agencia de empleos.
Todo marchó feliz ya que la señora, algo mayor que mi mamá, me atendía de maravillas, dándome mi alimento a la hora, bañándome de manera meticulosa y efectuando su rutina como un perfecto cronometro suizo hasta que los dramas de las telenovelas la engancharon a la hora de la mediodía y pasé a ser un paquete sin destino en el buzón del correo.
Mi garganta era quien se encargaba de sacarla de su autismo televisivo y como autómata corría, me preparaba el biberón y me lo metía en la boca casi ahogándome en muchas oportunidades y fallando en la interpretación de mis necesidades.
Fue el momento en que sin dudas comunicarme mas directamente se hizo necesario, ya que la señora colocaba la silla al lado mío separada por los barrotes y cuando mis manos la tocaban para no dar gritos, salía de su mutismo para atenderme, posteriormente la separó para que no la alcanzara y seguí indefenso ante esa condición.
Me olvidé del pico de pato y viendo los gestos de los actores de televisión fui entrenando mis labios para poder pronunciar algo, pero mi técnica era insuficiente y mi desesperación fue creciendo con el paso de los capítulos, ya que estos fueron absorbiendo mas a mi niñera y ya ni mi llanto la sacaba de su estado de suspensión.
El sueño fue mi mejor aliado en esos tortuosos días, comencé a ser un bebe taciturno en las mañanas y tardes e hiperactivo al marcharse mi niñera, como el lobo que se quita su disfraz de oveja cuando se marcha el granjero.
Hasta que un día desperté de un sueño en el que me sentí cansado en extremo, con necesidad urgente de beber agua y sobresaltado lloré y lloré y lloré, pero la degenerada de la niñera no me hizo caso por lo que terminé más cansado.
Deseé tener fuerzas para saltarme, tomar el aparato y colocarlo de sombrero en la cabeza de la señora, fue mi primer momento de rabia extrema en mi corta existencia.
Esta vez mis labios lograron el acorde correcto para acompañar mis cuerdas vocales y emitieron un grito que sorprendió a la fulana.
-A…..g …uuuu..aaaa .
No sé si eso hizo que me mirara o fueron los comerciales de la hora, pero por si acaso lo repetí mas deprisa.
-A..g..u…a .
Ahora si fue instantánea su acción y el biberón con el líquido llegó a mi garganta seca.
Desde allí mi léxico fue creciendo y en poco tiempo ya me hacia entender por los adultos, digo en cuanto al lenguaje porque en lo demás aun no lo consigo.
Mi niñera cumplió su ciclo de labores y se marchó y mi madre consiguió un nuevo empleo de medio tiempo.
Ahora me regañan por hablar mucho y hasta me han amonestado en el colegio por eso.
¿Será que para ellos es mejor que nunca aprendamos a hablar?
¿O acaso todo se debe a lo comprometido de mis preguntas?
De algo estoy seguro, sin necesidades, los estímulos hay que inventarlos para que las acciones se ejecuten.