Fe (Ensayo)

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Las perspectivas humanas pasan por innumerables filtros internos que consiguen sesgar los impulsos iniciales y transformarlos en ideas procesadas con un alto sentido de lógica y un pequeño porcentaje de dinámica energética.
Porque si bien es cierto que las proyecciones basan sus resultados en hechos posibles y en estudios de factibilidad, igualmente es valido que no todo lo que nos ocurre tiene una explicación.
Con el tiempo, o quizás desde que existe, el hombre se ha ido olvidando que el motor mas poderosos con que ha sido dotado para enfrentar los avatares de su transito terrenal no se encuentra conectado a ninguna función biológica, ni puede ser reproducido por sus infinitos avances tecnológicos a través de los siglos, porque es indivisible y solo espera ser activado, desde el punto mas ilógico de su propio pensamiento.


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Las religiones, tanto antiguas como modernas, han basado sus enseñanzas en la búsqueda del despertar hacia el camino mas corto para estabilizar ese enjambre de disposiciones, que desbocadas, tienen su punto de partida en la hiperkinetica reacción del pensamiento.
Una pequeña porción de seres humanos intenta vivir sus días antes de que pasen, invertir el dinero que no poseen, hacer planes que parecen risibles para la mayoría y no se dan cuanta que están pisando el borde de su verdadera fuerza interior, solo que de esos, solo un 1% completa el camino.
Aplicando la matemática, tan maravillosamente lógica, caemos en la cuenta que menos del 1% de los millones de personas que habitan el planeta son capaces de llegar a sus destinos utilizando los métodos tradicionales pero alimentándolos del mas poderoso de todos los carburantes conocidos y por descubrir.
¿Cuál es ese impulsor tan maravilloso y recóndito?
Sencillo, el mas buscado de la historia, el mas sencillo y volátil… La fe.
Somos seres tan incrédulos que no creemos ni siquiera en nuestra incredulidad.
Despertamos dudando de que nuestro día pueda ser bueno, invertimos esperando o deseando conseguir ganancias, rezamos pidiendo a Dios que nos escuche, vivimos anhelando lo bueno pero temiendo lo malo y hasta amamos pendulando entre las opciones simples de que quien está con nosotros tal vez no nos quiera y que podamos dejarlo de querer.


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Y esto no tiene nada que ver con teología ni con movimientos filosóficos de la nueva era, mucho menos con psicología o alguna ciencia alternativa.
Cualquiera de ellas nos habla de formas y maneras pero no llegan al fondo, porque solo nosotros tenemos la llave de la puerta que da paso a ese cuarto oscuro que espera ser iluminado por el rayo creador del propio individuo, porque nadie tan desconocido para nosotros, que nosotros mismos.
Los siglos nos han legado milagros, hechos fantásticos, historias increíbles, hombres iluminados y hechos sobrenaturales, todos con un punto en común, quienes fueron protagonistas de ellos, poseían un don especial que los diferenciaba… La profunda fe hacía lo que hacían.
Y lo vemos a menudo pero parece insignificante, el doctor que nos cura es aquel que le tenemos fe, nuestras plegarias son escuchadas cuando desnudamos, por situaciones extremas, nuestro espíritu revelador, las ganancias se producen cuando confiamos ciegamente en que esto ocurrirá y nos sentimos plenamente amados cuando nos olvidamos de los millones de inconvenientes que puedan ocurrir.
Todo gracias a que activamos los mecanismos, en cantidades ínfimas, en nuestro quehacer diario.
¿Por qué no dejarlo activado las veinticuatro horas del día durante toda nuestra existencia?
Porque seriamos tan diferentes a todos que nos daría vergüenza existir.
Y no confundamos positivismo con fe, porque el primero es mental, el segundo espiritual.
¿El secreto para conseguirlo todo?... Activar nuestra fe.


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