De mentiras se nutrió nuestro romance,
dejando al viento ser el culpable de llevarse
cada promesa e ilusión que inventábamos
para sobrevivir al cataclismo de la soledad.
Justificando el abandono con el masoquismo
de la reconciliación, que como combustible,
servía para seguirnos haciendo tan etéreos
como el aire que respirábamos y hacía vivir.
Amor de estudiante o marinero, fugaz e ingenuo,
perverso y loco, que secuestró nuestros corazones
para hacer de ellos, ofrendas de falsedades
en medio del asesinato del tiempo inmortal.
De mentiras poblamos nuestros años escolares
creyéndonos adultos por el solo hecho de descubrir
que las bocas y los sexos son hogueras que encienden
las pasiones pero no entienden de arcanas filosofías.