Katama, da vueltas alrededor del espejo buscando conseguir la forma adecuada para lucir en el momento del reencuentro con viejos y nuevos amigos que le esperan entre el espacio intangible de las letras, en un lugar imaginario pero real llamado El Taller.
Sus manos tiemblan imperceptiblemente mientras escribe su saludo inicial que le servirá de vehículo transportador hacia el encuentro con sus amigos invisibles.
Desde los confines de una remota ventana, ha ido fisgoneándolos sin ser vista, ha ido reconociendo viejos amigos de andanzas, cómplices de muchas elucubraciones y coparticipes de travesuras, disertaciones filosóficas y estudios triviales que englobaban sus anteriores años, igualmente nuevos ocupantes de la casa que guarda un pequeño cuarto con su nombre, por herencia directa de una generación que le dejó el sabor dulce de nuevas experiencias, de enfoques temerarios que limitaron el espacio de lo intangible hacia nuevas vertientes en el conocimiento de sus realidades y de las del resto del mundo.
Ha esperado mucho tiempo para poder desposeerse de las certezas e ir haciendo más grande e insaciable el baúl donde piensa guardar todas las vivencias y dudas de esta nueva etapa que la consigue con mas años y arrugas, con nuevas canas pero enamorada perdidamente como siempre de las palabras y los placeres.
Mientras piensa y decide a internarse en la aventura de regreso hacia el país invisible donde se habla con el corazón, donde las voces son ecos sordos, las figuras solo un punto imaginario en el cielo de cada día, el valor un péndulo que no se bambolea ni gira sino que toma extrañas curvaturas y el amor un elemento vital que no necesita el oxigeno ni la materialidad de un contacto para expandir sus cargas positivas sin importarle los cambios naturales, físicos o cuánticos del planeta, se plantea la disyuntiva mas lógica de todas sus pensamientos.
La inmaterialidad que produce la virtualidad es un soplo de brisa en medio del desierto de los sueños, una luz al final del túnel oscuro que conduce a caminos insospechados en la diatriba fugaz de los momentos, un pedazo de alma que flota errante en la búsqueda de empatías que se consuman de manera tan transparente como la visión del arco iris a través de cielo claro que ahuyenta la lluvia.
Sus amigos invisibles son tal vez los mejores que posee, no necesitan que la hipocresía o la política diaria colme de halagos o de alabanzas sus horas, no les hace falta que pueda lucir fea o bonita, elegante o informal para ser participante de sus fiestas y jolgorios, no les importa que la lluvia inunde los cielos o que el sol inclemente queme la piel en un ataque brutal de rayos ultravioleta, o que el transito automotor colapse las principales avenidas de la ciudad, para estar allí, a un solo pulso de la mano, dispuestos y receptivos, silenciosos o vehementes, son omnipresentes, volátiles, fantasmales, un cúmulo de energías que se polarizan con el solo funcionamiento del bit inicial que enciende su computadora.
Son invisibles pero la distancia que la separa de cada corazón es tan insignificante como la huella que una tortuga deja en comparación con la velocidad que recorre la luz en un segundo.