Hay lugares que se convierten en parte de nuestra geografía espiritual personal. Pueden ser espacios muy ordinarios, nada espléndidos, pero que adquieren una significación particular para nosotros. Me sucede mucho. Por ejemplo, esa calle llamada "La Luneta", del Barrio San Francisco, el más antiguo de Cumaná (Venezuela); en esa calle nací (gracias a una partera) y a ella volví, ya mayor de edad, para residir por varios años en una de sus casas tradicionales. Su nombre es propicio para significados sugerentes. Escribí este poema hace un tiempo como un modesto tributo.
Luneta mundo
La calle
serpentina silenciosa
como la memoria
cobijada de sombras y malvas
de amparo y jazmines
Las calzadas arrugadas
la fría cal
la austeridad de la madera
el olvido de los espejos
El mundo
condensado en la ondulancia
de una calle
en la perdurable existencia
de un aroma
en esta mirada
que la crea
y me reconoce