Estaba pensando en qué escribir en un día como hoy, el de "los Fieles Difuntos", como se le dice en la liturgia católica, o "Día de Muertos", como lo usan los mexicanos, y se me hizo difícil hacer algo nuevo.
Así, recordé, entre otros, a un amigo muerto hace unos años, el poeta Ángel Gómez, de Río Caribe (Sucre, Venezuela). Busqué el texto que escribí en su memoria para ese entonces, no publicado en esta plataforma. Ahora que lo releo, lo aprecio como un texto que vale la pena difundir, sobre todo, para honrar al poeta de muerte autoinfligida. Va, pues, a continuación.
I
A diario se muere de muerte anónima. Se muere de ciudad perdida, de rasgadura de amor, de rebosada pasión incomprendida, de “golpes como el odio de Dios” (en voz de Vallejo)... Se muere de vida, salvaje, irredenta, absurda. Es la muerte que se va haciendo como “ángel terrible” (Rilke), en la lucidez enceguecida, con alas cargadas del peso incomunicado (a veces difícilmente comunicable), con el aliento sordo de las horas torpemente vividas, con el impulso incierto de una tragedia sin origen identificable. Hasta que definitivamente se muere, sin metáforas, en un instante en el que se agolpan inexplicablemente los fragmentos desordenados, en el que la angustia es una soledad fría, y los pasos encuentran su límite en la propia mano como último gesto de certidumbre.
II
Un ángel terrible recuerdo, tocado por el desafuero y la rebeldía. Bullicioso, indiscreto y tabernero. Con un grito en su adentro que dejaba salir con frecuencia. Golpeando o riendo con el recitado admirable, gracias a su enormísima memoria, de poemas completos de Vallejo o del “Chino” Valera Mora, cuando el rechazo del mundo o la euforia del ahora se imponía. Diligente en los tragos y en la poesía, con su “espada rota”, sus apelaciones a la amistad o sus imprecaciones bohemias contra la literatura oficializada. Presto al juego del decir (“Hay que tener picha pa’ jugá…”), a la broma a veces pesada, pero también al modesto quehacer editorial, al lado de Jesús Salazar, Carlos Oliveros y otros.
III
En algún momento del año 89, me entregó el que conozco como su único libro de poemas publicado, Pasos, editado por “La Espada Rota”, de la que era fundador y promotor. Releo su dedicatoria y me detengo en sus frases: “…no sé si sería mejor decirte ahora que estos Pasos son mis pasos o una alucinación de mi existencia…". Y no puedo dejar de leer su vida y su muerte como corriente prefigurada en sus palabras:
Cada migaja de vida
que se escapa
es alimento de esta muerte
donde me eternizo.
Su poesía, labrada sobre piedra dura y áspera, con los signos del desastre y la esperanza, desanda ante mis ojos y mi corazón los pasos de su existencia. “Uno marca sus pasos trágicos” es el verso inicial de otro de los poemas de su libro. Destino de la palabra o de la existencia que sólo puede encontrarse en la palabra, carente y plena. La palabra tratando de entender la vida y de entenderse con la vida:
Las frases
una pequeña misión para las horas
diluvio entre las fieras
un destino sin moscas para morir
cuando me llame el día y sus tristezas
Misión de la poesía: encarnar la existencia en la palabra. La vida que se escapa y vuelve en un golpe de dados o de baraja, en una frase imprescindible que no se dice, y que a la poesía le corresponde, como fatal responsabilidad, declarar. ¿Inútil esfuerzo? Una frase (indecible) que no abolirá el destino. Y en el fondo, la esperanza que sigue abierta, el amor que se espera y no llega, delicado y final, en la última jugada del azar o la necesidad:
Se desconocen los hechos
un momento antes pudo hacerlo
estaba lejos de preocupaciones
entre sus cartas un rey de oro
da lástima que con esas barajas
haya tenido ese desgraciado fin
Y si ella lo hubiese amado con tierna
delicadeza
de no estar ahorcado él
arrasaría su corazón.