Una vez se instaló la mentira, queriendo ser arte, pero solo llegó al frío carácter de la maniobra. Años –décadas– de oratoria inflada, discursos floreados de engaños patrios y humanistas. Al primer rey se le cayeron las vestiduras y quedó al desnudo; hoy vive en el más allá. Al segundo rey impuesto por la trampa, un pueblo cansado le arrebató sus falsarios atavíos, y hoy comparte las frías celdas de otro país.
Pero, como si el destino nos jugara una mala pasada, se invistió a una reina sustituta, coronada por el poder imperial. Parece que ambos comparten un engaño mutuo. El que sí no está dispuesto a soportar un nuevo espectáculo de la treta es ese pueblo que tanto ha tenido que llevar la carga en sus espaldas, y ahora más pesada, con escombros y polvo y tristeza.
Aún se sigue queriendo engañar. Ojalá se cumpla esta vez, la conseja popular: “La mentira tiene patas cortas”, y los que tienen ojos para ver, vean.