La obra literaria del escritor cumanés e internacional José Antonio Ramos Sucre es inagotable y propiciadora de múltiples perspectivas para la interpretación y tratamiento, por su riqueza y singularidad lingüística, estilística y filosófica. Por algo es considerado como el más importante poeta venezolano del siglo XX, y uno de los más importantes del panorama literario de habla hispana.
Son muchos los trabajos críticos e interpretativos de su obra y vida, además de los textos creativos (poemas, cuentos, novelas) escritos a partir de ella. Yo, como decía en el post de hace unos días (ver aquí), he escrito varios trabajos sobre él. El pasado jueves 12 de junio de 20025 fui partícipe, nuevamente, en un foro acerca de su obra, particularmente, de su segundo libro La torre de Timón, que reúne textos de su primero: Trizas de papel (1921) y un ensayo sobre Alejandro de Humboldt. Este libro arriba a su centenario, pues fue publicado en 1925. Y a propósito, en una programación que no se deja de hacer desde hace muchos años, entre el 9 y 13 de junio, fechas del nacimiento y muerte de Ramos Sucre, tuvimos esta actividad que refiero.
En ese foro presenté unas curiosidades, así las llamé, o también divagaciones o escarceos –renombro ahora– sobre ese libro. Se trata de unos apuntes sobre unos pocos textos que componen este libro, que sólo querían acompañar a la disertación central, a cargo del escritor y amigo, primer director de la Casa Ramos Sucre, el poeta Ramón Ordaz, quien publicó un excelente artículo sobre La torre de Timón para celebrar su centenario (pueden leerlo en este enlace, si les interesara).
A continuación, les compartiré tres de esas divagaciones de forma escrita, ya que fue una intervención oral, y, en ese sentido, diferente.
Uno de los textos iniciales de La torre de Timón es “Plática profana”. Podría decirse que es un ensayo, pero, como en casi todo lo escrito por Ramos Sucre, hay rasgos narrativos y poéticos. Me detengo en dos aspectos que llaman mi atención: primero, la advertencia sobre la desaparición del héroe y del poeta, y segundo, la impugnación a la muerte de la poesía. Veamos en sus textos:
Se nota en los tiempos que corren un desmedido entusiasmo por los intereses materiales e inmediatos, muy hostil, en cambio, al culto de los ideales que han exaltado en todo tiempo la dignidad humana. Esta va perdiendo con el desdén por una de las cualidades más altas de la especie, por el valor guerrero, que la ciencia ha inutilizado, cumpliendo aquel presentimiento que en el libro de Cervantes amargaba la última hora de la caballería. Se asegura la necesaria desaparición del poeta y del héroe en la próxima civilización del porvenir (…)
(…)
Origen tan deprimente no cabe asignar a la poesía, blanco también de la ojeriza de los pedestres, que se han limitado a tildarla de inútil, y a predecir su muerte en la próxima época de utilidad (…) pero son profetas falsos los que publican la muerte de la poesía, que, lejos de agonizar, resurge con bríos nuevos y con originalidad inaudita, por ser la expresión de sensaciones y de aspiraciones de almas refinadas por una civilización incomparable; y no es rémora ni canto de sirena el verso moderno que vuela y canta como un tábano de iris que fuera estimulando el potro sin frenos del actual progreso.
Ramos Sucre advierte la pérdida del sentido noble del héroe y el guerrero, cuyos referentes en él están, sin duda, en el mundo clásico griego y en la obra cervantina. Pero, además, se rebela contra la amenaza de una muerte de la poesía, pues esta, más bien, cobra fuerza frente a una cultura moderna que quisiera negarla por su valoración desmedida a la utilidad y al progreso material.
Más adelante, en su libro, nos encontramos con uno de los textos clave para comprender su visión de la vida; me refiero a “Elogio de la soledad”. Nuevamente, entre el ensayo y lo narrativo, con gran carácter poético en su expresión, Ramos Sucre toma la voz de un alguien muy parecido a él, siempre tan solitario.
Siempre será necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados con el progreso.
(..)
Tomo el periódico, no como el rentista para tener noticias de su fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la humanidad. No rehúyo mi deber de centinela de cuanto es débil y es bello, retirándome a la celda del estudio.
No cabe duda en que Ramos Sucre como persona asumió la opción de la soledad, lo cual se manifestó a lo largo de su vida, tronchada por el suicidio, y que habita sus poemas en prosa, tanto en los personajes y situaciones presentados en ellos, como en su concepción individual del mundo. Valora la soledad, no como una actitud de defección o misantropía, sino como un estado de exploración interior y recogimiento. Algunas personas de su época, y otros más tarde, incluso lo tildaron de “misógino” y amargo. Él mismo se encargó de refutarlo, como cuando le expresa a su prima Dolores Emilia Madriz en una carta del 7 de junio de 1930:
Te ruego que no permitas la leyenda de que soy antropófago y salvaje y enemigo de la humanidad y de la mujer. Esa leyenda es obra de mis enemigos. Tú sabes que, al contrario, soy muy accesible, muy indulgente y jamás he lastimado a una mujer.
En el mismo texto de “Elogio a la soledad” se manifiesta que la soledad asumida no es una indiferencia ante el destino humano: “mi familia, que es toda la humanidad”, expresa a través de la voz sustituta, y se asume como “centinela” del débil y de lo bello.
Casi inmediatamente, después del texto anterior, nos encontramos con uno de los más hermosos de este libro, y de la obra toda de Ramos Sucre: “Entonces”. Con una sensible belleza poética, nos habla la voz de alguien que se sabe condenado a la soledad y a la inexorable muerte, dirigiéndose a un amor inalcanzable. Llama mi atención, particularmente, en primer lugar, la atracción hacia o por esa joven mujer, a la que llama “niña”, en medio de la “nevada urbe monstruosa”. Y luego dice:
Te reconoceré al punto, no me sorprenderá tu alma atormentada y exquisita, tu cuerpo endeble ni tu azul mirada; he presentido tus manos delicadas y exangües, he adivinado tu voz que canta y tu gentil andar.
La entrevisión de esta bella doncella inasible se asemeja o alía con la imagen de la “blanca Beatriz”, referente a la Divina comedia de Dante, que aparece en el primer poema de este libro, “Preludio”, uno de los más emblemáticos de la obra poética de Ramos Sucre. A ello volveré.
En segundo lugar, y muy vinculado con lo señalado, está un aspecto que conjeturo como profético o anticipatorio de la etapa final y desenlace de la vida de Ramos Sucre, manifestado en la vislumbre de esta voz que nos habla en el poema.
Entonces y allí será la última hora de esta mi juventud transcurrida sin goces. Habré ido a experimentar en la ciudad extraña y septentrional la amargura de su despedida y el desconsuelo de su eterno abandono.
(…)
De lejos habré llegado con el eterno, hondo pesar, el que nació conmigo en el trópico ardiente y que me acompaña como la conciencia de vivir.
Publicado en 1925 (no sabemos en que año fue escrito), en el poema pareciera expresarse, con cuatro años de anticipación, el curso que tomará la vida de Ramos Sucre hasta su muerte: el viaje y estadía en Ginebra, como cónsul, donde se acentuará su agonía de insomne crónico hasta la desesperación que provoca su suicidio.
Cierra el poema con la vuelta a esa ilusión de encuentro con la mujer amada inalcanzable, a esa Beatriz de “Preludio”, imagen de la muerte paradójicamente salvadora. Me tomo el abuso de reproducir el párrafo completo, pues su cautivadora belleza y su honda visión lo merecen, más con esa doliente y preciosa frase con la que cierra:
Al encontrarte, quedaremos unidos por el convencimiento de nuestro destierro en la ciudad moderna que se atormenta con el afán del oro. Ese día, demasiado tarde, el último de mi juventud, en que despertarán, como fantasmas, recuerdos semi muertos al formar el invierno la mortaja de la tierra, será el primero de nuestro amor infinito y estéril. Unidos en un mismo ensueño, huiremos del mundo, cada día más bárbaro y avaro. Huiremos en un vuelo, porque nuestras vidas terminarán sin huellas, de tal modo que éste será el epitafio de nuestro idilio y de nuestra existencia: pasaron como sonámbulos sobre la tierra maldita.
Referencias:
https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Antonio_Ramos_Sucre
Si no poseen la obra de Ramos Sucre o están interesados en leerla, le dejo un enlace para acceder a ella en PDF.