Un ensayo con lenguaje hipnótico. Para escucharlo. Hay un pequeño error en el audio, No lo pude corregir. La proxima mejor. Gracias por escucharlo opinar y votar.
El alma y el hueco
Me miró con la mirada perdida, mientras con el dedo limpió del vaso la espuma y me dijo: —Podés sentir el frío en los pies, se hielan. Las manos se entumecen, las metés en la boca con guantes y todo para calentarlas. Te cuesta respirar el aire frío. El barro se amontona en los bolseguies y tus pies se sienten pesados muy pesados. El cuerpo húmedo te duele. Transpirás por correr y huir, te enfrías cuando te detenes, pensás: la muerte me ha alcanzado. Te escondés, sabés que te han visto, de algún modo lo han hecho. Te palpás, buscas una herida, estás tan adormecido que no sentirías si te taladra una bala. Escuchás pasos y voces lejanos, te tirás boca abajo tratando de contener la respiración, casi respirando el barro. Entonces te das cuentas que estás rodeado de rígidos cuerpos, leños secos. No querés mirar, pero mirás. Los ojos cristalinos y secos de alguien de tu edad te miran. Hablan en silencio e imaginas qué pensaron antes de morir. Los ojos cuentan la historia de un chico de barrio, la novia, la familia. Tu mente se distrae por un rato y te olvidás de todo. Sos ese chico jugando a la pelota, besando a la novia, experimentando el sexo por primera vez. Recordás el primer orgasmo y quizás vas a morir. Experimentás de nuevo la suave piel, húmedos besos, uñas en la espalda, mordiscos en el cuello. Ahora lo sabés, no debiste salir del hueco esta mañana, pero tenías tanta hambre, tantas ganas de ver la luz. Palpás la pierna, recordás que siempre dejás un cuchillo allí por las dudas. Escuchás unas botas caminar por el barro, el viento trae el olor del que se acerca: demasiado limpio, pensás. El corazón late fuerte, sabés que no es de los tuyos. No debí salir del hueco hoy, volvés a decirte en tono de reproche. Se acerca la sombra, se detiene a un paso, dice algo, no entendés. Te golpea con el hierro, seguro se da cuenta que el cuerpo no está duro, levanta tu casco con el extremo del arma y ves él cañón del fusil. El alma del cañón. ¡Qué parecida a la salida del hueco! luz afuera, un destello, una bala, una salida.
— Así fue como pasó —continúo hablando— pateó mi cuerpo y apuntó, no sé por qué, quizás se preguntó si yo estaba vivo, se acercó demasiado. Sin quitarle los ojos del rostro giré y le clavé el cuchillo en la garganta. Pensé que alcanzaría a dispararme, pero cayó a desangrarse sin hacer nada más. Lo vi cuando se iba, rubio casi de mi edad. Los ojos se cristalizaron mientras yo pensé que quizás tendría novia, jugaría al fútbol, acariciaría una mascota. Lo vi salir del hueco, todas las noches lo veo, todas las noches. A veces se da vueltas, me mira, se ríe y se va volando. Vuela por el alma del cañón hasta más allá del hueco.
Tomó el último vaso de cerveza mientras la moza abrió la séptima botella. Sacó la tapa, miró adentro de la botella y digo.
—La salida del hueco —rió a carcajadas, lloró borracho.