Lo que un acto de buena fe me enseño

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Hola mi gente bonita, espero en Dios estén muy bien, ricos en salud e invadidos de paz, les quiero compartir una experiencia que me cambió la forma de ver muchas cosas, quizás para algunos algo sencillo, sin mucho pero a cada paso me reafirma la importancia de ser empático con nuestros semejantes.

Esto lo comparto porque hace unos días como creo que les había comentado antes, fui para mi hermoso pueblo de Caripito, donde me reencontré con Armando. Él es adolescente ya que tiene 13 años, según él, todo un hombre como me dice.

Hace unos años atrás yo aún vivía en Caripito, mamá estaba a meses de haberse ido a descansar en un mejor lugar, por lo que vivía solo en casa, era profesor de matemática en un liceo en Caripito. Luego de la muerte de mamá, mi vida se había sumido en una rutina, entre la casa y liceo, y de ese mismo modo en viceversa. Uno de esos días en los que llegue a casa, a eso de las 12 del mediodía blanco del hambre como decimos por allá, llama a la puerta un niño pidiendo si tenía algo de comida para darle que no había comido nada en lo que iba de día, yo le dije con algo de desconfianza, a de confesar, “dame un momento que termine de hacer algo para almorzar”, el niño cruzó la calle y se sentó al frente de la casa a esperar esa anhelada comida. Al cabo de un rato lo llamo y recuerdo que le ofrecí pasta con carne molida, tajada y un pedazo de casabe, mi comida preferida.

El niño con un hambre que se le notaba por encima devoró todo aquel plato de comida y con una sonrisa me dio las gracias, bebió un vaso de agua y se fue alegre como decía mi mama, barriga llena corazón contento.

Pero bueno, esa situación se empezó a ser recurrente, este niño me esperaba frente a la casa para esperar su comida, empezó una relación un poco más cercana, inclusive me decía padrino, mientras él esperaba, yo entraba, cocinaba y salía dándole un plato de comida, el almorzaba y se iba. Uno de esos días, me vino con un hermano, lo cual de cierto modo complicó la situación, pero busque una solución rápida a ello.


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Uno de esos días en Armando (el niño) llegó a buscar ese plato de comida que yo le había brindado de forma segura durante algunas semanas. Yo hice algo del cual me arrepentí hasta el día de hoy, pues de alguna manera le negué el plato de comida, invitándole a que pidiera en otra casa. Él me vio con cara de dolor, preocupación y desencajado. Momentos después llaman a la puerta me asomo por la ventana y era Armando, y me dice “padrino fui a varias casa a ver que me daban para comer y en una me dieron este pedazo de pan y me acorde que usted me había dicho que no tenía comida y lo vine a compartir con usted”.

Les confieso que tuve una mezcla de sentimientos, alegría, tristeza, vergüenza, me sentí chiquito ante la nobleza de ese niño, que no tenía nada y, sin embargo, quería compartir conmigo un pedazo de pan, cuyo pan pudo habérselo comido él solo, pero no, prefirió llevarlo y verme con esa cara de alegría porque ahora él me estaba ayudando a mí.

Ese niño me dio una gran lección de inocencia y de buen corazón, creo que esa experiencia me ayudó a fortalecer mi espíritu humano de ayuda a los demás, sobre todo a los niños en situación de abandono. Desde ese día me convertí en el padrino de Armando, no solo un plato de comida si no también incentivarlo al estudio. Él no asistía a clases por todo un tema de dinero y falta de motivación de los padres. Hoy en día está el liceo, trabaja en unos chinos en Caripito y cuenta conmigo.

Quiero resaltar con esta historia que les acabo de narrar, lo importante de las buenas acciones, lo que sembramos en el corazón de algunas personas siempre actuando desde el amor. Armando sin darse cuenta me dio una gran lección de amor, desde su humildad y su inocencia me hizo reflexionar sobre mí accionar, como muchos, soy un ser humano con defectos y errores, pero que desde ese momento en adelante todo el que a mí se acerca pidiéndome comida, allí estará mi mano para ayudarle en todo lo que pueda. Mis queridos lectores pongámonos una mano en el corazón y en la medida de lo posible ayudemos al desamparado o necesitado sobre todo sin son niños.

Vuelvo a retomar el tema de la empatía, ya que muchas veces relacionamos empatía con el dicho, “se debe estar dentro de los zapatos del otro”. Hoy quiero hablar de no solo estar dentro se los zapatos sino también de mirar desde su propia mirada para poder ser realmente empático y sentir lo que esa persona siente y poder accionar con verdadero amor.

Creo que nadie quisiera estar en situación de calle y menos un niño o niña, por malas decisiones que tomamos los adultos las consecuencias las sufren los indefensos, con algo, en ocasiones tan sencillas podemos cambiar las perspectivas de vida y futuro de un niño, como siempre digo contamos una ayuda infalible que nunca nos dejará solo, ese es mi Dios.


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