En el silencio de las calles de Venezuela, suena una orquesta de pistones, que cede la tutela al redoblante. Ya no hay boleros y rancheras, ya no hay bailes y brindis. Solo estallidos de carros y motos rodando en las vías de la pobreza.
Tal vez ustedes no lo entiendan porque están en otras naciones, pero los invito a hacer este ejercicio: Imagínense que van caminando por la principal avenida de tu ciudad, -la más importante- o las que más transitan, por ejemplo, en la calle Paseo de Gracia en Barcelona, España o en la avenida Álvaro Obregón en México. En Bogotá o en Lima, y distinguen que todos los vehículos tienen un mismo sonido, -sean viejos o nuevos-, grandes o pequeños, rojos o blancos, de una esquina a otra, de un lugar al otro, retumbando con fuerza y muy seguido, como una lata vieja. Como cuando cae la lluvia sobre una lata de zinc, pero rodando por el asfalto. Perturbando el silencio del día y por dentro el pueblo clamando; «deténgase y baje del vehículo».
Ese sonido es de la homogeneidad. Es el sonido de la pobreza, lo único, y lo leal, de lo real a lo verdadero de la desesperanza instalada. Porque la riqueza de la libertad está chillando en millones de escalas, de ritmos armoniosos de tonalidades.
Hoy Venezuela suena a Rusia, a Cuba y a Nicaragua; suena a sometimiento y a evasión. El país suena a una novela checa de melancolía. Todos los vehículos en mi país están sonando iguales. Puesto que apagados también chasquean, sí, en la cola de tres días para llenarlos de combustible; y en neutro para rendir la gasolina.
Hoy los venezolanos gritamos en la miseria de un país que no sabe por dónde mirar, o de dónde agarrarse para sostener su dolor; ya que todos los miedos que sentimos, hacen que suenen iguales, al compás de la lejanía; de donde nos tocará volver a empezar.
Es difícil para mí escribir de otro tema, porque también me suena igual. Y a la final, el Socialismo del siglo XXI me robó la sonrisa.
Volveré a empezar...
Escrito por Jhon A. Romero.-