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Despertaste en mi cama, apurada, la hora te correteaba las manos, que movías de un lado al otro para poder vestirte y salir, cambiabas las velocidades como un Ferrari de Fórmula uno.
Firmes tus pasos se alinean hacia la puerta y un imán te jalo las caderas hacia la cama... Quédate a morir, una muerte feliz, una tranquila en la cama, de 80 o 90 años.
Quédate a que te vean en tu féretro lujoso de caoba, que los niños te entierren entre flores y las mujeres te lloren en el rosario.
Quédate a morir de amor, pues de amor es la muerte más pura, más bondadosa, más sublime y ella no tiene espacio ni tiempo, porque resucita cada vez que te recuerda.
Quédate a hacerte vieja, quédate a ser amada, quédate… que por las noches te taparé los pies, cambiaré las sabanas y te haré el amor con todo mi cuerpo y alma, cruzaremos juntos todos los cielos, seremos la envidia de los poemas y la musa inmarcesible de los enamorados.
Quédate mi bien amada... Pero sonreíste, me miraste con esos ojos que alumbran cualquier noche oscura, me diste un beso en los labios y me dijiste mañana, porque hoy ya es de mañana.
Y sigo esperándote, contando las estrellas y hablando con la luna, pero no volviste, mi propuesta te asustó y volaste hacia un lugar desconocido donde no pude encontrarte.
Mantengo la esperanza que algún día volverás y juntos podremos cruzar como trenes invisibles, el camino hacia innumerables amaneceres felices.