El aborto es un acto de anarquía, un acto de libertad, un acto de odio a toda la sociedad y de complicidad con las hermanas, con las otras luchadoras, el resplandor bello de la anarquía con un sacrificio de la demostración.
El aborto es como una ofrenda, un sacrificio de un niño a la tribu, para ganar a este lugar.
Se parece al paraíso: estar por fin afuera de la sociedad y gustar.
El paraíso es gustar, pero hay que gustar a los que están afuera de la horrenda sociedad.
Yo tengo ansía de estar afuera. Tengo ansía de estar afuera y gustar.
Estar afuera y tener la complicidad de los que están afuera, de los que no integran la sociedad.
Es, después de todo, un lugar donde siempre quise estar, el lugar de la transgresión, de la anarquía, de la poesía de estar afuera de la sociedad.
Yo me olvido que no participo de la superstición de que matar un bebito es vencer a una entidad que reina, con hilos invisibles e infernales el destino de la sociedad, el patriarcado.
Pero, si acaso, creyera, igual sería de segunda jerarquía, porque no habría tenido la valentía de realizar un acto criminal tan contrario a sus designios, como lo es el abortar y evitar una maternidad.
No podría hacerlo porque la biología me ha condenado a un destino de no poder ofrecer el sacrificio de matar, a las hermanas que están afuera, que atacan a la maldita sociedad.
No sería alguien digno de su complicidad en la lucha contra la sociedad, sino un inferior, alguien indigno por toda la eternidad, de sus miradas de amor.
Ellas cantan y con sus gritos se nota que sienten que están afuera, afuera de la sociedad.
“¡Se va a caer! ¡El patriarcado se va a caer!”
Acaso la forma de ser igual, en valentía de la rebelión, sería realizarme el cambio de sexo con una operación.
Puede ser que sì: acaso si me hubiera hecho una operación de cambio de sexo, sería respetado, sería una hermana, estaría junto con ellas en la lucha contra la sociedad.
Porque el patriarcado quiere de mí que sea macho que se enamore y así, con estas costumbres, formo parte de la sociedad, de la maquinaria de personas de trajes abotonados, de la sociedad demasiado formal.
Pero, si acaso me mutilara los genitales, demostraría valentía perdida de querer destrozar el reinado del patriarcado.
Y estar por fin en contra de toda la sociedad.
Podría estar en contra del idioma también porque sería una “trans-mujer” y me sentiría perseguido por la sociedad si acaso a una “bio-mujer” le llamaran, simplemente, mujer.
Tendría una épica de luchar contra una entidad poderosa que domina todo y que estaría disgustada con mi operación de cambio de genitales, donde destruí el destino que el patriarcado tendría para mí.
Es una ofrenda heroica similar al acto de abortar.
Desde que nací el patriarcado me asignó un sexo, si yo me lo cambiara entonces sí que lo podría disgustar.
Podría estar afuera de su plan general, que dicen que es horrendo pero, sobre todo, tiene demasiada seriedad, demasiada formalidad.
Yo solo quiero gritar, vomitar, odiar, hermanas, pero no creo en sus rituales, no creo en la superstición del patriarcado opresor y criminal y, además, los bebitos me dan ternura.
No los podría matar aunque se trate de una ofrenda y una rebelión que te permita llegar al paraíso, el paraíso de gustar a las hermanas que están afuera, dentro de la transgresión, la anarquía, la poesía.