Detrás de un café, pienso qué triste sería la mañana,
Si usted no existiera,
si usted no pasara, camino al trabajo.
Yo sé que me ignora, no sabe quién soy,
qué extraño que es eso,
porque yo la conozco y usted no.
Y después mi tarde, cuando usted regresa, permite
que por un instante mis ojos la vean.
Yo estuve esperando a que usted volviera
y al oír
la leve melodía de su perfume azul,
ya me siento bien.
Qué bueno sería pintar un poema para describirla,
Así la podría ver.
No, no tengo palabras, ni sé qué adjetivos,
debería usar y también desconozco los colores justos,
que generan los tonos
de su pelo, sus ojos y el suave manto de toda su piel.
Yo nunca vi el rojo, el verde, ni el siena, tampoco el azul.
Tengo permitido conocer el negro, a veces el amaranto oscuro,
que me acompañan siempre.
La imagino entonces
y al imaginarla la puedo soñar e intuyo colores,
es difícil saber si son los mismos que usted puede ver.
Usted no me mira, pero yo escondido,
en un cono oscuro sin ninguna luz,
la miro y la sueño sin saber cómo es.
Mis ojos son ciegos,
en cambio los suyos, que sí pueden ver,
extraña ironía,
a mí no me ven.