Ahí va el señor con su escoba al hombro. Camina sin prisa, ensimismado y cuidadoso a cada paso. Va hacia al oeste, al mercado.
Lleva su sombrero de paja que ha visto demasiados soles, su camisa desabrochada por falta de botones, sus pantalones de tela que un día estrenara en algún bautizo y unos zapatos con muchos kilómetros.
Purito en boca va dejando tras de sí un aroma de nostalgia, ternura y reverencia. Saluda al pasar por inercia, sus cristalinos opacos apenas sí pueden reconocer, pero él sabe quién es todo el mundo y el mundo tiene la buena educación de llevar sus pasos.
No le gusta llevar bastón, los bastones son para sarasas y ancianos, y él no es ni lo uno ni lo otro, dice con su voz de aguardiente.
Siempre que le preguntan responde que es viudo de sexo y solamente se da cuenta de que sigue casado porque su mujer lo regaña todos los días para que se ponga una camisa limpia y con botones.
Pero ni querida tengo, ladra él, para quién estar limpio y oloroso como ramo de camelias. Para mí, tontuelo, apacigua la mujer. ¡Bah! Escupe él y sale de casa con su escoba al hombro.
La buena señora hace memoria de un día, un muy lejano día, en que un buen mozo la invitara al baile de la parroquia y le susurrara que ella sería su esposa por novena vez.
Al ver la perplejidad en la carita redonda de aquella muchacha, él explica que en vidas anteriores ellos ya se amaban en todas ellas y que seguirán tan enamorados que volverían a casarse en las siguientes mil vidas.
Cuando ella se lo recuerda, él siempre dice que fue para llevársela al catre. Sesenta y cinco años desde entonces.
Tal parece que hayan vivido todas esas vidas y que es imposible que no sigan juntos después. Hijos, nietos y hasta bisnietos. Solos en lo que un día fue el nidito de amor. Ahora las telarañas aguantan las paredes como fiel metáfora.
Un día que esperaba que pasara el viejo con su escoba, ya no pasó.