Al final del túnel sentí que no te había olvidado, fue un encierro lleno de oscuras sombras, en mi memoria te creí viva riendo bajo el sol y efectivamente lo estabas, pero extraviada en otra vida donde tu pulso latía incesante por otro corazón que vivía, sin importarte mi destino y mi existencia.
Si algo sabemos hacer bien los humanos es traicionar y olvidar, transformarnos en etéreos y romper las barreras que cercan los sentimientos para destruir los afectos que nos atan a quienes lo comparten.
De momento y sin medir mi torpe deseo, quise volver a ser sombra y noche oscura, de pronto lo anhelé con desespero para no digerir tus flores muertas, el volver a entrar a ese laberinto de sombras, de soledad y de silencio, mi viejo hogar, lugar de mi locura.
Allí es donde se pierde la historia y donde al salir aprendes a asimilar con angustia, la rápida forma en que un corazón olvida, los recovecos de las ilusiones que cual hadas ciegas intentar darte fuerzas ante las catacumbas del dolor que invade cada centímetro del aura que arropa tu cuerpo...
Quise volver a ser el ángel oscuro que lleva al camino lóbrego de las mentiras, ser el súbdito indecible de la hipocresía y andar por la vida regalando lágrimas, asesinando corazones, vengando traiciones y dejando todos los rincones llenos de abandonos.
Pero tu recuerdo fue espada de Damocles que acentuó las heridas y se transformó en el veneno cruel que fue matando lentamente y sin piedad todas las razones para existir y vengar como demonio enajenado cada una de tus perversiones y la forma inhumana de hacer de los minutos sensaciones que cruzan los linderos del espacio tiempo y acaban metamorfeandose en caricias del averno.
Al final del túnel sentí que te habías muerto pero seguías viva en los brazos de otra victima que me acompañará en la dimensión oscura del olvido.