Siempre me había creído invencible. Caer prisionero lo había considerado de ruines y cobardes. Tanto en el mar como en tierra no teníamos rival, pero nos socorríamos mutuamente y nos comunicábamos por el silbido con un sistema de signos que inventamos y que nadie conocía más que nosotros dos. Gracias a ello nos salvamos la vida varias veces el uno al otro.
En la última batalla que libramos nos vimos muertos momentos antes de zafarnos . Nadie nos ganaba a nadar, ni a escabullirnos bajo el agua. En los entrenamientos cubríamos nuestro cuerpo con manteca de cerdo mezclada con arcilla para resistir el frío en los duros inviernos. Aquel día, con el fragor de la lucha no sentimos ni el más mínimo síntoma de congelación.
Después de haber sufrido el asalto a la más poderosa de nuestras naves, La Roselle, en el que los alaridos de los heridos se confundían con los silbidos del viento en las velas, cesó la tempestad y se apartaron las nubes. Un sol espléndido hizo brillar los borbotones de sangre entre estertores de los últimos moribundos que quedaron inmóviles.
Nos miramos sorprendidos celebrando que éramos los únicos supervivientes de aquella carnicería.
Sendas camisas hechas jirones, pero ni un sólo rasguño en la piel. ¿Tendríamos que salir a nado? La nave estaba embarrancada y las velas se habían rasgado de arriba abajo. La costa estaba lejana pero la divisábamos. Hicimos planes para llegar a tierra. Tendríamos que fabricar un bote con los pellejos de la bodega.
Hugt, a pesar de haber gozado de mi misma suerte, me lo discutía vehementemente, sobre todo, después de haber sido nosotros dos los únicos supervivientes del último asalto vikingo a la más poderosa de nuestras naves: “La Roselle”. Hay quien dice que el nombre de la nave se cedió al puerto de La Roselle, y otros defienden lo contrario, que el nombre del puerto dio nombre a la nave, por lo que, tras discusiones sin cuento, algunos han llegado a matar a quienes les contradecían, pero nunca se ha sabido por qué sólo un nombre, el nombre de una nave o el nombre de un puerto en el que apenas una docena de familias pescadoras comenzaron su vida y allí la consumieron hasta el fin de sus días, había sido el causante de tanta sangre derramada en los más feroces peleas.
Hugt y yo no discutíamos ni por el nombre de La Rochelle, ni por nimiedades semejantes por las que todo el mundo discutía, sino por lo que, desde niños, nos habían inculcado como el más alto concepto de grandeza encarnada en quien nunca había caído prisionero del enemigo, la mayor humillación en la que podía incurrir un caballero o un marinero. Nosotros estábamos preparados para la lucha en tierra y en el mar.
La noche anterior a nuestra derrota, zanjando la disputa, Hugt me gritó: “Hasta que no te estrelles de bruces y te abras la cabeza no te convencerás de que sólo es suerte lo que nos ha acompañado en las batallas. Guerreros más fuertes que nosotros y de mejor corazón han muerto retorcidos de dolor y desangrados por la mala fortuna de un resbalón o unas simples briznas que han cegado sus ojos en la lucha. ¡ Muchos guerreros han caído únicamente por su mala suerte!”