Cada 19 de diciembre mi familia tiene una cita para festejar el día más bonito del mundo; una fecha que coincide con el espíritu navideño, y a la que acudimos los hermanos como si asistiéramos al mismo olimpo de los dioses. Es que ese día cumple años nuestra señora madre.
Este año, para unir el festejo de mi madre con las tradiciones decembrinas, decidimos hacer hallacas, permitir que se colaran un par de amigos y algunas otras excentricidades que no fueron registradas fotográficamente porque nadie quiso perderse la diversión.
En otros post he hablado de mi madre; una mujer que no tuvo la oportunidad de ir un día a clases, pero quien me enseñó a leer, me ayudó a crear mi conciencia literaria y se sacrificó para que yo terminara mi carrera universitaria.
El cumpleaños de mi madre nos sirvió para recordar lo que significa ser venezolano; en especial en estas fechas cuando el espíritu festivo se suelta el moño y llega con las ganas del pan de jamón, de la guiso y la hallaca, del pernil y la ensalada; de la gastronomía particular de la época. Llega, además, con los deseos de reunirse en familia, de reencontrarnos para evocar experiencias, para sumar nuevas y para mitigar el fastidio de la rutina del trabajo.
Los venezolanos seguimos siendo muy familiares; nos cuesta desprendernos del lecho materno; cortar ese cordón umbilical es imposible para muchos y quienes lo han hecho ha sido por circunstancias extremas. Incluso, muchos han regresado al país porque el choque cultural que sufren les parece insoportable. No es fácil estar en estas fechas fuera de casa, alejado de la familia y en especial recordando las festividades de diciembre.
Hace cuatro años pasé las navidades en Colombia, en Armenia; recuerdo que el 24 de diciembre, a las 10 de la noche ya estábamos durmiendo. Para entonces yo tenía cómo proveerme de un par de cervezas, pero donde estaba viviendo no consumían alcohol y por respeto me olvidé de que no estaba con mi familia ni en mi país; así que aguanté las ganas del bochinche para otro día. Esa navidad recuerdo que la pasé muy bien, comí y descansé bastante, pero me tuve que adaptar a la tradición de mis amigos.
La navidad para mi familia es un festín; mi madre le gusta hacer hallacas el 24 y luego el 31; le gusta que haya comida para el que llegue y a pesar de que, económicamente, las cosas no están para botar la casa por la ventana, mi madre tiene el poder de convencernos cada diciembre de no dejar que nuestra tradición familiar se pierda.
Y así como nuestra familia, conocemos a muchas que no se resignan a la escasez; que a pesar del toma y dame de la inflación, de lo ahorcado que a veces estemos, el espíritu se sobrepone a la miseria y hacen de tripas corazón, porque así como la pobreza trae pobreza, mi madre cree que la abundancia del corazón trae buena suerte, que no hay que dejarse abatir; y si una locha tienes, pues hay que ver cómo se multiplica porque las lochas se hicieron para juntarse.
Y así hemos llegado a todas estas últimas navidades, con deseos de que no nos falte y de que si nos sobra, que no se nos dañe. Y vaya que la hemos pasado bien; y al final todo lo resumimos en no dejar que nuestros valores, nuestras raíces culturales se extingan, por más duro que nos golpeen los gobiernos, no hay que darles el gusto de vernos arrodillados. Voluntad y espíritu deseamos a todos en estas navidades.
Texto y fotografía de @jesuspsoto